A Tumba le gustaba sentarse a la orilla de la Laguna Escondida y mirar cómo el agua hacía rueditas.
Pero esa mañana no había ni una sola ruedita. El agua estaba quieta, quieta, como un espejo.
—Qué raro —dijo Tumba—. Voy a preguntarles a mis amigos del Muelle Redondo.
Bruma estaba revisando unas ramitas. —El arroyo que llena la laguna trae menos agua —explicó—. Algo lo está tapando.
Nilo se lanzó al agua de un salto y volvió con una sonrisa: —¡Son hojas! Muchísimas hojas del otoño.
Entre los tres las sacaron con cuidado, una por una. Y de pronto, el agua volvió a moverse.
Esa tarde, Tumba contó las rueditas otra vez. Y se dio cuenta de que le gustaban todavía más.
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