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La cinta dorada de Lago de los Colores

Aquella tarde, Lago de los Colores parecía una manta que respiraba. El agua subía un poquito. Bajaba un poquito. Sobre ella flotaban reflejos verdes, azules y una larga cinta dorada.

Deseo estaba mirando esa cinta. La brisa movía la punta esponjosa de su cola.

—Ahora parece un camino. Ahora, una semilla larga. Quiero ver cómo termina.

A su lado, Corteza acomodaba hojas caídas en un círculo. Era una señal para recordar dónde habían comenzado el juego. Sol miraba los pequeños destellos que aparecían entre las ondas.

Entonces, la cinta dorada perdió un poquito de brillo.

Después, otro poquito.

No desapareció de golpe. Se quedó pálida, como un dibujo hecho con muy poquito color. El resto del agua siguió moviéndose, tranquila.

—Está casi transparente —dijo Deseo.

Corteza acercó una hoja a la orilla. Sobre su punta quedó una gotita. Dentro brillaba un punto dorado, tan pequeño que los tres tuvieron que inclinarse para verlo.

—Podríamos mirar desde el otro lado de estas hojas —propuso Corteza.

Deseo miró la cinta. Luego miró el espacio cómodo donde estaba sentado.

—Hoy prefiero quedarme aquí.

—Podemos acercar la gotita —respondió Corteza.

Pero la hoja se doblaba. Cuando Corteza levantaba una punta, bajaba la otra. La gotita rodaba de un lado a otro, sin encontrar dónde descansar.

—¿Me ayudas a sostenerla?

Deseo extendió sus patitas. Entre los dos dejaron la hoja como un cuenco. La gotita se acomodó en el centro.

Y el punto dorado creció.

Fue apenas un destello. Un guiño tibio. En el agua, una pequeña parte de la cinta recuperó su color.

Sol abrió mucho los ojos. Había visto algo junto al borde de la hoja, pero esperó antes de hablar.

—¿Quieren una pista o prefieren seguir mirando?

—Quiero mirar un poquito más —dijo Deseo.

—Está bien, miro contigo.

Durante un rato escucharon el suave chapoteo. Corteza sostuvo su lado de la hoja. Deseo sostuvo el suyo. La gotita brillaba, aunque la cinta todavía tenía largos espacios pálidos.

—Ahora sí, una pista chiquitita —pidió Deseo.

—Hay una hoja seca debajo. Si la ponemos como apoyo, podrán descansar las patitas.

—¿La acercas tú? —preguntó Corteza.

Sol la deslizó despacio. Los tres ajustaron el pequeño cuenco hasta dejarlo firme sobre la tierra húmeda. Después soltaron las puntas, primero una, después la otra.

La gotita tembló de alegría luminosa.

Un hilo dorado salió de ella y rozó el agua. Muy despacio, la cinta fue encendiéndose: un tramo, otro tramo, una curva. No brillaba demasiado. Tenía el color suave del pan recién partido.

—¡Volvió! —susurró Corteza.

Deseo sonrió.

—Y pude ver cómo terminaba.

Una onda pequeña llegó a la orilla. Mojó la tierra y desarmó el círculo de hojas. Corteza alargó una patita para juntarlas, pero se detuvo.

Miró el cuenco. Miró a sus amigos.

—Se borró, pero te lo puedo contar. Primero sostuvimos la hoja entre dos. Después encontramos cómo dejarla descansar.

—¡De ese detalle me acuerdo! —añadió, y acercó una hoja suelta para que nadie se sentara sobre la tierra mojada.

Los tres se acomodaron juntos. Sobre Lago de los Colores, la cinta dorada se hizo redonda, después larga, después redonda otra vez.

Esta vez nadie necesitaba adivinar nada. Se quedaron mirando, mientras la brisa pasaba suave y el agua guardaba su brillo.

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