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La luz de Faro de las Gaviotas

Esa tarde, Dominga había extendido un mantel junto a Faro de las Gaviotas. Había pan, manzanas en gajos y un termo de té suave de menta. El aire olía a mar.

—Aquí hay un rinconcito —dijo, alisando una esquina del mantel—. Podemos mirar las olas mientras tomamos té.

Mochila miró las nubes y abrió las alas. —Tengo tres ideas… Podemos buscar nubes con forma de barcos, inventar un viaje o contar los destellos de la luz. ¿Qué se te ocurre a ti?

—Imaginemos que cada destello es un saludo para un barco lejano —propuso Velero—. ¡Y que el barco nos responde con pañuelos!

Agitó un pañuelo imaginario. Luego caminó por el sendero hasta un banco cercano. Desde allí quería mirar una nube larga, larga, que parecía tener una fila de ventanas.

Mientras la observaba, llegó la neblina. Primero borró las ventanas de la nube. Después escondió un pedazo del sendero. Todo quedó blanco y suave, como un dibujo sin terminar.

Velero bajó las alas. El banco seguía a su lado, pero ya no sabía hacia dónde estaba el mantel. —No distingo el camino —dijo en voz alta—. Me quedaré aquí, junto al banco.

Su voz llegó hasta sus amistades. Mochila dejó de agitar su pañuelo imaginario. —¡Te escuchamos! —respondió—. Me gustaba esa parte del juego, pero puede esperar.

—¿Sabes exactamente dónde está el banco? —preguntó a Dominga. —Desde aquí no lo veo. No lo sé; podemos preguntar.

—¿Estás junto al banco del sendero, el que tiene una piedra redonda al lado? —preguntó Dominga. —¡Sí! La piedra parece un panecillo —contestó Velero.

Entonces, una claridad atravesó la neblina. Pasó despacio y volvió a aparecer. Era la luz de Faro de las Gaviotas. Velero levantó la cabeza. —¡Ahora sé hacia qué lado están!

No salió corriendo. Miró la luz, luego el suelo, y esperó junto al banco. Mientras tanto, Mochila preguntó: —Se me ocurre ir a acompañarlo. ¿Qué se te ocurre a ti?

—Yo puedo seguir hablando desde el mantel —dijo Dominga—. Así escucharán dónde estoy. Y comenzó a describir la merienda, con voz clara: —Hay pan… hay manzanas… y tres tazas esperando.

Mochila avanzó por el tramo visible del sendero, sin apurarse. Pronto apareció el banco y, junto a él, Velero. —¡Probemos volver juntos! —dijo.

La neblina comenzó a abrir pequeños espacios. Con la luz como referencia y el sendero visible bajo sus patas, regresaron siguiendo también aquella voz que hablaba de manzanas.

Al llegar, Velero se acomodó en el mantel. —Imaginemos que volvimos de un viaje larguísimo. Después sonrió. —Eso lo imaginé. En realidad, fui hasta el banco.

Compartieron el pan y el té tibio. La luz volvió a pasar. Esta vez, los tres la saludaron sin moverse de su rinconcito.

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