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Tres rincones en Gran Árbol

Aquella tarde, la sombra de Gran Árbol parecía una manta redonda. Entre las raíces había hojas secas, semillas y pequeños parches de musgo. El aire movía las ramas: shhh, shhh.

Mimo llegó despacio. Tocó el musgo con una mano y se sentó junto al tronco. Desde allí podía escuchar el susurro de las hojas.

Poco después llegó Miri, con la cola dibujando una gran curva.

—¡Qué buen rincón para contar cuentos! —dijo—. Podríamos empezar con una semilla que…

Se detuvo al ver que Peineta se acercaba mirando las raíces.

—Tengo un comienzo de cuento —anunció Peineta—. Esta raíz parece un camino que da muchas vueltas.

Miri quiso sentarse en el musgo. Peineta también. Una se acomodó hacia un lado. La otra probó hacia el otro. La cola necesitaba sitio, y la gran cresta también.

Nadie quedó muy cómodo.

—Yo quería mirar esa raíz —dijo Peineta.

—Y yo quería sentarme cerquita para escuchar —dijo Miri.

Mimo miró el musgo, después las raíces y luego un espacio cubierto de hojas. No dijo nada durante un momento.

—¿No quieres contar con nosotros? —preguntó Miri.

—Estoy escuchando; quizá hable después.

Miri dejó de acomodarse. Peineta esperó también. Arriba, las hojas hicieron otra vez: shhh.

—Ahora sí tengo una pregunta —dijo Mimo—. ¿Necesitamos sentarnos en el mismo pedacito?

Los tres miraron alrededor. La sombra era grande. Mucho más grande que aquel parche de musgo.

Peineta señaló un hueco entre dos raíces.

—Ahí cabe mi cuerpo y puedo ver el camino de mi cuento. Pero tiene muchas hojas.

Con las manos, apartaron algunas hacia el borde. Debajo apareció tierra lisa. Peineta se sentó, se levantó y giró un poquito.

—Así. Ahora sí.

Miri encontró otro parche de musgo, al lado de una raíz curva. Probó sentarse con la cola detrás. Después la acomodó a un costado.

—Aquí estoy bien. ¡Y mi semilla podría recorrer tu camino!

Peineta abrió la boca para contar su comienzo. Luego miró a Miri.

—¿Después puedo contar mi idea?

—Sigue tú, yo espero.

Mimo seguía junto al tronco. Desde allí veía a las dos, pero una raíz quedaba justo delante de sus pies.

—Me gusta este musgo —dijo—. Voy a probar un poquito más allá.

Se movió apenas. Estiró las piernas. Sonrió. Entre los tres rincones quedó un espacio libre por donde podían pasar sin pedirle a nadie que se levantara.

—Tengo un comienzo de cuento —repitió Peineta—. Había una vez un camino que parecía terminar en una hoja…

Miri levantó una mano, llena de ganas. Después la bajó y escuchó hasta el final.

—Pero debajo de la hoja había una vuelta más.

—¡Y por esa vuelta rodó una semilla! —continuó Miri.

—¡Ese detalle me gustó! —dijo Peineta.

Mimo acarició el musgo.

—El camino lo imaginaste tú —dijo mirando a Peineta—. Y la semilla la propuso Miri. ¿Me cuentan un poquito más?

El cuento siguió, de rincón en rincón. Cuando alguno hablaba bajito, los otros acercaban un poco la cabeza. Cuando había una pausa, escuchaban las ramas.

Al rato compartieron trocitos de pan y una fruta. Nadie tuvo que dejar su sitio. Sobre los tres rincones, la sombra de Gran Árbol seguía siendo una sola manta.

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