La primera nieve caía sobre Valle Blanco. Un copo, otro copo, otro más. Bajaban despacito, como si también tuvieran sueño. El cielo se ponía azul oscuro y las piedras estrenaban pequeños gorros blancos.
Pantufla levantó una patita emplumada. Después levantó la otra. La nieve nueva guardaba sus huellas: dos marcas pequeñas, una pausa y otras dos.
—¡Mira lo que asoma aquí!
Junto a una piedra había una hojita verde. Pantufla se acercó sin pisarla. Miró hacia un lado y después hacia el otro. Todo lo demás seguía cubriéndose de blanco.
—Es solo este rinconcito —dijo—. Mañana podemos volver a mirarlo.
Cerca de allí, Granizo juntaba piedritas. Ponía una junto a otra, dejando espacio entre cada pareja. Su pico amarillo apuntaba a los montones mientras contaba en voz bajita.
Pelusa había reunido tres piedras redondas. Las acomodó formando un pequeño círculo.
Granizo abrió el pico para decir algo. Luego miró otra vez.
—¿Las estás juntando de a dos?
—No. Estoy haciendo un círculo.
—¡Ah, tú las juntaste distinto!
Durante un rato siguieron acomodando piedras. Pero pronto Pelusa dejó la última en el suelo y se quedó quieto, escuchando.
—Yo tengo ganas de otro juego —dijo—. Quiero buscar tres sonidos. Puedes seguir; yo escucho por aquí.
Granizo terminó su pareja de piedras. Pantufla dio una última mirada a la hojita. Después, ambos se acercaron.
Primero oyeron el viento: fuuu. Después, la nieve bajo sus pasos: cric, cric. Por último, escucharon un bostezo largo.
Era de Pelusa.
Los tres se rieron bajito. Ya tenían sueño. También sentían frío, aunque habían estado moviéndose de aquí para allá.
—Detrás de esta piedra no llega tanto viento —observó Pantufla.
Allí guardaban una manta suave, doblada sobre unas hojas secas. Granizo tomó una punta. Pelusa sostuvo la otra. La extendieron con cuidado y se acomodaron debajo, dejando sitio para los tres.
Al principio quedaron separados. Entre uno y otro entraba una tirita de aire frío.
—¿Quieren que nos abracemos? —preguntó Pantufla.
—Sí —dijo Granizo.
—Yo también —murmuró Pelusa.
Se acercaron despacio, hasta quedar bien juntitos. Pantufla acomodó sus patitas. Granizo dejó de contar. Pelusa apoyó la cabeza y soltó un suspiro.
La manta se levantaba apenas con cada respiración. Arriba, abajo. Arriba, abajo.
Afuera seguían cayendo copos. Uno, otro, otro más. La hojita descansaba junto a la piedra. Las piedritas esperaban en parejas y en círculo.
Debajo de la manta ya no entraba aquella tirita de aire. Solo quedaba un calor suave, compartido.
Y mientras la primera nevada arropaba Valle Blanco, los tres se quedaron dormidos en su abrazo.
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