Aquella tarde, en Biblioteca de Esporas, había libros sobre la mesa, cojines junto al estante y papeles de colores dentro de una bandeja. Todo estaba listo para leer. O casi todo.
—Falta el libro que dejamos para hoy —dijo Clarín. Miró la mesa por un lado. Después, por el otro—. El que tiene espacio para inventar dos finales.
Rizo acercó su gran sombrero ondulado. —¡Podemos revisar todos los…! Se detuvo y dejó descansar las manos. —Me adelanté. ¿Dónde lo viste por última vez?
Clarín miró el cojín vacío. —Aquí, cuando buscaba un papel para dibujar mis finales. Después moví algunas cosas. Pero no recuerdo cuáles.
Lavanda observó el estante. Había libros altos, bajos, delgados y anchos. —¿Cómo es el que buscamos?
—Tiene un dibujo redondo en la tapa —respondió Clarín.
Lavanda encontró una luna redonda, una semilla redonda y una ventana redonda. Las tres estaban en libros distintos. —¿Me das una pista más?
—La tapa es verde. Y el dibujo es una puerta amarilla. —¡Ahora sé dónde mirar!
Los tres comenzaron a buscar. Lavanda miraba tapas y formas. Clarín recordaba lo que había hecho, paso a paso. Rizo escuchaba y dejaba espacio para que cada recuerdo llegara.
—Primero traje el cojín —dijo Clarín—. Después saqué los papeles. Luego… Luego la mesa estaba muy llena.
Rizo miró los montoncitos. —Tengo una idea. ¿Te la cuento? Clarín asintió. —Podemos ordenar mientras buscamos. Así veremos lo que está debajo.
—Yo juntaré los libros por tamaño —propuso Lavanda. —Yo pondré las hojas en orden —dijo Clarín—. Primero las que empiezan una historia. Después las que la terminan.
Rizo eligió dejar un espacio vacío en medio de la mesa. Allí pondrían cualquier cosa cuyo lugar todavía no conocieran.
Trabajaron sin apuro. Un libro grande. Dos pequeños. Una hoja con un comienzo. Otra con un final. Los papeles hacían frufrú. Los libros, toc, al quedar juntos.
A ratos, nadie hablaba. Solo se escuchaba el suave roce de las páginas.
Entonces Lavanda levantó una hoja azul. Debajo apareció una esquina verde. —Encontré algo. ¿La puerta está arriba o abajo en la tapa? —Abajo —contestó Clarín—. Con una ventanita encima.
Lavanda retiró otra hoja. Allí estaba la puerta amarilla, con su ventanita. —¡Es este!
Clarín abrió el libro y sonrió. —Ya recuerdo. Lo puse bajo los papeles para que no se doblaran. Después olvidé dónde estaba.
Rizo acercó la bandeja vacía. —¿Te serviría guardar aquí tus hojas? Clarín probó. Cabían sin doblarse. —Sí. Y el libro puede quedar junto al cojín.
Todavía faltaba un poquito. Lavanda acomodó los libros grandes abajo y los pequeños arriba. Rizo preguntó dónde guardar dos hojas sueltas. Clarín las puso al final de su montón. Entre los tres dejaron la mesa despejada.
Después acercaron los cojines. Clarín leyó el cuento y contó un final. Hizo una pausa. Luego contó el segundo. —Y podría haber otro en que la puerta… Miró las páginas, ya listas para cerrar. —¿Con dos basta?
—Por hoy, sí —dijo Lavanda, acomodándose. Rizo sonrió. —El otro puede esperar.
Clarín guardó una hoja para mañana y cerró el libro con suavidad. Quedó junto al cojín, con su puerta amarilla a la vista. Los tres se quedaron un ratito en silencio, contentos de saber dónde encontrarlo.
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