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Un ratito más con Espiral

Junto a Cascada Tibia, las piedras estaban tibias y las hojas brillaban. Calabaza tenía muchas cosas que contar. Lima quería jugar con el agua. Espiral, en cambio, llevaba un buen rato mirando una hoja que se inclinaba sobre una poza.

—¿Con gotitas o sin gotitas? —preguntó Lima, acomodando su larga cola rayada.

—Sin gotitas para mí —dijo Calabaza—. Así puedo terminar de contarles lo que vi esta mañana.

Espiral no respondió enseguida. Su cola seguía enrollada. Sus ojos recorrían la punta de la hoja, una piedra clara y un pedacito de agua.

—Podemos ir a esa piedra y después a la otra, y después… —empezó Calabaza. Ya había dado un paso cuando se detuvo—. ¿Quieren quedarse aquí o movernos un poquito?

—Aquí, por favor. Un ratito más —contestó Espiral.

Lima dejó quieta la punta de su cola. Calabaza se sentó. Esperaron. Una brisa movió las hojas. El agua siguió sonando: shhhh. Pasó una nube pequeña y volvió el sol.

—¿Estás buscando algo? —preguntó Lima.

—Estoy mirando cuándo pasa —dijo Espiral—. Creo que lo vi dos veces, pero quiero fijarme bien.

Calabaza abrió la boca para hacer otra pregunta. Luego la cerró suavemente y acomodó sus manos sobre las rodillas. Lima buscó una piedra seca desde donde mirar sin tocar la poza.

En la punta de la hoja creció una gota. Primero fue diminuta. Después, redonda y pesada. Espiral se inclinó apenas.

—Ahora… miren junto a la piedra clara.

Plin. La gota cayó. Un aro se abrió en el agua y, sobre la piedra, apareció una rayita de luz. Tembló, dio un saltito y desapareció.

—¡Parecía una sonrisa! —dijo Lima.

—No alcancé a verla —dijo Calabaza—. Estaba mirando la hoja.

—No la viste, pero te la puedo contar —respondió Espiral, entusiasmado—. La luz se dobla justo aquí. Si quieres, esperamos otra gota. A veces tarda un poco.

Esta vez, Calabaza eligió sentarse más cerca de la piedra clara. Lima le hizo espacio. Nadie apuró a la hoja. Cuando cayó la siguiente gota, los tres vieron bailar la rayita.

—¡Ahí está! —susurró Calabaza. Y después se quedó mirando, por si volvía.

Lima señaló otra hoja. —¿Y si buscamos un baile distinto? Yo puedo mirar esta. Calabaza eligió una tercera. Espiral les mostró dónde ponerse para no tapar el sol.

Encontraron un brillo largo, otro redondo y uno tan breve que tuvieron que esperar de nuevo. Después compartieron trocitos de pan sobre una piedra seca. Calabaza terminó su historia. Espiral escuchó hasta el final. Y Lima dejó las gotitas para después.

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