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Una cosecha para compartir en Huerto Redondo

Esa mañana, Huerto Redondo olía a tierra húmeda. Entre las hojas colgaban dos tomates rojos y uno verde, pequeño y redondito. Luci acercó la nariz, movió sus orejas largas y empezó: —¿Por qué este es verde? ¿Cuándo crecerá? ¿Necesita una canción?

Después respiró y sonrió. —¡Una pregunta a la vez! ¿Podemos cosechar los tres? Pepo miró con cuidado. —Los rojos están listos. Al verde todavía le falta. Podemos dejarlo en su ramita.

Recogieron los dos tomates maduros y los pusieron en una cesta. Pía los contó. Luego contó a quienes estaban alrededor. —Dos tomates y tres para comer. ¡Tengo una idea! Hagamos una merienda de pedacitos.

Lavaron los tomates y los repartieron en trozos sobre unas rebanadas de pan. Cada cual tomó un poco. Quedó un último pedacito. Luci lo separó en tres y acercó el plato al centro. —Ahora sí.

Después de comer, Pía mostró una semilla de poroto que había guardado. —También podemos plantar. ¡Y hacer un concurso para ver cuánto crece antes de la merienda de mañana!

—Quizás mañana todavía no se vea nada —dijo Pepo. Pía miró la semilla en su palma. —¿Qué parte sí sirve? Podemos jugar a buscar cambios, aunque sean chiquititos. —¡Eso! —respondió Luci—. Yo quiero mirar.

Eligieron un espacio con sol. Antes de correr la cesta, Pepo preguntó: —¿Les sirve aquí? —Podemos ponerla junto al pan —dijo Pía. Así dejaron libre la tierra para sembrar.

Hicieron un hoyito, acostaron la semilla y la cubrieron suavemente. Luego regaron sin formar un charco. Luci se agachó hasta quedar muy cerca. —¿Ya? La tierra seguía igual. Nadie vio una hoja.

Al día siguiente volvieron. Nada. Al otro, tampoco. Luci estuvo a punto de apartar la tierra para mirar. Pero dejó las manos sobre sus rodillas. —Mejor no la destapamos. Todavía no sabemos.

Mientras esperaban, buscaron sombras de hojas. Pía propuso imitarlas con las manos. Una parecía una taza. Otra, un pan torcido. Rieron bajito, sentados junto a la siembra.

Cada mañana revisaban la tierra. Si estaba seca, le daban un poco de agua. También miraban el tomate verde: primero tuvo una mejilla amarilla; después, una manchita anaranjada.

Una mañana, Pepo se quedó quieto. —Miren aquí. Un tallito curvo había levantado un granito de tierra. Encima asomaban dos hojitas. Luci abrió mucho los ojos. Esta vez no preguntó nada. Solo miró.

—Crece despacito, pero crece —susurró Pepo. Pasaron más días. Cuando el tomate estuvo rojo, lo recogieron y prepararon otra merienda compartida.

Dejaron el plato en medio y se sentaron cerca del brote. Pía repartió el pan. Luci miró las hojitas nuevas. Todavía eran pequeñas. Había tiempo.

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