Aquella mañana, los copos caían despacito alrededor de Refugio de la Nieve. Ventisca había acomodado su enorme cola junto a la ventana. A su lado quedaba un espacio libre, justo del tamaño de una pausa compartida.
Iglú estaba sentado allí, con las patas alrededor de una taza de té. Había llegado hacía poco y todavía llevaba dos copitos sobre sus pequeñas orejas redondas.
—Gracias por el té. Hoy estoy de visita —dijo—. Después quiero dar un paseo cortito. —Primero descansaré un poco —respondió Ventisca—. A mí me gusta mirar en silencio. ¿Y a ti? —A mí también, por un ratito.
Entonces algo hizo flap, flap contra la ventana. No era un copo. Era una hoja de papel grueso, con una esquina doblada y varias líneas azules. El viento la soltó sobre la nieve.
Iglú salió a recogerla. La levantó con cuidado, sin tirar de la esquina húmeda. Había un árbol dibujado, tres manchas plateadas y un círculo que no terminaba de cerrarse.
—Parece un dibujo a medio hacer —dijo. Ventisca acercó una tabla pequeña. —Podemos apoyarlo aquí mientras se seca. Lejos de la taza, para que no se moje más.
Poco después llegaron Brote y Suspiro, siguiendo unas marcas sobre la nieve. Las raícitas verde musgo de Brote asomaban por encima de un pañuelo. Suspiro miraba a un lado y al otro.
—Buscamos una hoja grande —explicó Suspiro—. Estaba dibujando en Claro de los Reflejos. Fui a buscar un lápiz y el viento se llevó el papel. Iglú señaló la tabla. —¿Una hoja como esa?
Las enormes orejas de Suspiro se levantaron. —¡Esa misma! Aquí dejé un espacio para dibujar después. Miró la esquina doblada y pasó un dedo por su borde, muy suavemente. —Todavía sirve. Solo necesita quedar plana.
Brote propuso llevarla de vuelta. En Claro de los Reflejos había un tablero bajo, sujeto entre dos piedras lisas. Allí podrían terminar el dibujo y dejarlo bien afirmado.
—Yo puedo cargarlo —ofreció Iglú—. Quiero acompañarlos, pero hoy haré una visita cortita. —Entonces podemos jugar una sola ronda al llegar —dijo Suspiro—. Si tienes ganas. —¡Gracias! Hoy sí juego.
Ventisca miró el papel. Una ráfaga movió su borde, apenas un poquito. —Antes necesitamos que viaje cómodo. Si lo llevamos así, volverá a hacer flap, flap.
Buscaron otra tabla liviana y una cinta de algodón. Pusieron la hoja entre las dos tablas, como dentro de un libro. Iglú sostuvo el paquete mientras Ventisca hacía un lazo fácil de desatar.
Suspiro revisó que ninguna esquina quedara afuera. —Ahora sí. Brote se acercó a la salida. —Conozco dos caminos cortitos. Uno tiene curvas. El otro es más ancho. —Con este paquete prefiero el ancho —dijo Iglú.
Salieron de Refugio de la Nieve a paso tranquilo. Crunch, crunch, sonaba la nieve bajo sus patas. Después, donde los copos se volvían escasos, el suelo empezó a sonar distinto: cric, cric, sobre las hojas secas.
Brote iba unos pasos adelante, mirando por dónde resultaba más cómodo pasar. No corría demasiado. Cada tanto se daba vuelta para comprobar que todos seguían juntos.
En una curva descubrió una abertura entre unas ramas bajas. —¡Mira, otro caminito! Se asomó apenas y volvió a mirar al grupo. —¿Quieren mirar o seguimos por aquí?
Ventisca observó las ramas. Iglú miró el ancho de las tablas. —Yo prefiero seguir por aquí —respondió—. Así no tengo que inclinar el dibujo. Brote asintió. —Podemos conocerlo otro día.
Un poco más adelante, Ventisca propuso descansar. Había una franja de sol sobre el suelo y espacio para dejar el paquete sin apoyarlo en la humedad.
—¿Hacemos una pausita? —preguntó—. Yo quiero sentarme. ¿Y ustedes? —Yo prefiero estirar las patas —dijo Brote. —Yo miraré el dibujo desde afuera —añadió Suspiro—. Sin abrirlo todavía.
Iglú apoyó las tablas y movió los hombros despacio. Había cargado el paquete con tanto cuidado que casi no había cambiado de postura. Después compartieron unos trozos de pan y una manzana.
—Te cuento lo que me pasó a mí —dijo Iglú—. Una vez llevé un dibujo apretado contra el pecho. Llegó bien, pero yo terminé caminando tieso. Aflojó los brazos y todos probaron caminar así: muy tiesos, durante tres pasos.
La pequeña prueba les dio risa. Luego recogieron las migas, guardaron lo que quedaba y retomaron el paseo. Esta vez, Iglú cambió el paquete de lado cuando lo necesitó.
Pronto llegaron a Claro de los Reflejos. Entre las hojas brillaban pequeñas luces. El agua quieta de un charco mostraba un árbol al revés, con sus ramas apuntando hacia abajo.
Suspiro fue hasta el tablero. —Aquí estaba dibujando. Desataron la cinta y abrieron las tablas. La hoja seguía un poco ondulada, pero sus líneas azules estaban intactas.
Iglú sostuvo el papel mientras Ventisca buscaba las piedras lisas que habían quedado junto al tablero. Pusieron una sobre cada esquina, sin tapar el dibujo. Esta vez, el viento solo pudo mover una puntita.
—Nuestro juego cortito puede ser mirar —propuso Suspiro—. Cada uno elige algo y hace una marca en el espacio vacío. Repartió los lápices y preguntó: —¿Qué ves desde ahí?
Brote dibujó una curva como la del camino. Ventisca hizo una pequeña franja de sol. Iglú trazó dos copos redonditos. Suspiro agregó una rama reflejada en el agua.
Después acercó su lápiz a la curva, con ganas de unirla al árbol. Se detuvo antes de tocar el papel. —¿Quieren que conecte las marcas o prefieren dejarlas separadas?
—Mi curva puede llegar hasta el árbol —dijo Brote. —Yo quiero un poquito de blanco alrededor del sol —respondió Ventisca. Iglú señaló sus copos. —Estos se quedan aquí, como recuerdo de donde empezó el paseo.
Suspiro unió solamente la curva. Luego dejó el lápiz a un lado. Miraron el dibujo completo: tenía nieve, camino, sol y un árbol al revés. También tenía espacios blancos.
—¿Volvemos a dibujar mañana? —preguntó Brote. —Todavía no sé si vuelvo mañana —respondió Iglú—. Hoy me gustó venir. Suspiro sonrió. —Entonces guardaremos los lápices por ahora.
Antes de regresar, se sentaron juntos al sol. Ventisca acomodó su cola y dejó espacio a su lado. El dibujo descansaba bajo sus cuatro piedras. Esta vez, cuando pasó el viento, nadie tuvo que salir a buscarlo.
🌙








