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Una hoja, tres turnos en Muelle Redondo

Una hoja amarilla daba vueltas en el agua, cerca de Muelle Redondo. Giraba, se detenía y volvía a girar. A ratos parecía un botecito. A ratos, una pequeña cuchara de sol.

Bruma la descubrió entre dos juncos. —Miren. Da una vuelta justo aquí. Se sentó en una tabla seca, un poco antes del borde. Desde ese lugar se veía muy bien.

Nori se acercó enseguida. —¡Yo también quiero verla! Cobi llegó moviendo las patas. —¡Y yo! Podemos mirar, contar las vueltas, cambiar de lado y después…

Pero los tres se acomodaron al mismo tiempo. Una cabeza tapó a otra. Una pata quedó delante de unos ojos. —Veo tu espalda. —Yo veo una tabla. —Yo… ya no veo la hoja.

Se quedaron quietos. Luego se hicieron un poquito de espacio. La hoja siguió girando, sin apuro. Cobi miró el huequito entre los juncos. —¿Y si probamos de otra manera?

Empezó a explicar muy rápido. Entonces bajó las patas. —Espera, te muestro un paso. Se sentó en el lugar desde donde se veía la hoja. —Uno mira aquí.

Después se levantó y dejó libre la tabla. —Y después pasa otro. Bruma asintió. —Probemos de a poquito.

Nori encontró una piedra lisa sobre las tablas. —Podemos dejarla junto a quien está mirando. Así sabemos de quién es el turno. —¡Tu idea también cabe! —dijo Cobi.

El primer turno fue de Bruma. Los otros se sentaron detrás, con espacio para mover las patas. —Una vuelta —susurró. La hoja giró despacio. —Dos vueltas.

Nori estiró el cuello. Tenía muchas ganas de mirar. Entonces vio la piedra, acomodó las patas y preguntó: —¿Todavía parece un botecito? —Ahora parece un sombrero pequeñito.

Al terminar la tercera vuelta, Bruma se levantó. —Listo. Te toca. Dejó la piedra junto a Nori y se sentó a esperar.

Pero justo entonces la hoja se deslizó hacia un lado. Desde la tabla ya no se veía. —Oh. Cambió de lugar —dijo Nori.

Cobi señaló enseguida, pero Nori preguntó primero: —¿Qué lugar imaginas? —Un poquito más allá, donde los juncos se separan.

Bruma miró las tablas secas. —Podemos cambiar el plan. Movieron el lugar de mirar apenas un poquito. Nori conservó su turno.

Esta vez la hoja no giraba. —Podemos mirar durante tres respiraciones lentas —propuso Bruma. Probaron juntos. Aire adentro. Aire afuera. Sin correr.

Después, Nori dejó el espacio libre. —Ahora tú. Cobi se sentó junto a la piedra y encontró la hoja entre los juncos.

Cuando terminó, pasó la piedra con cuidado. —¿Otra ronda? Los tres asintieron. El viento susurraba suave y, mientras esperaban, podían escuchar juntos.

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