En Patio de la Mañana, la mañana olía a pan y a manzanas recién lavadas. Sobre una mesa había peras, semillas tostadas y una gran fuente de uvas. Pronto comenzaría la fiesta de la cosecha.
Jade iba de una punta a otra. Acomodaba platos, enderezaba bancas y trataba de sujetar una guirnalda. Cuando levantaba un extremo, el otro caía suavemente sobre su cabeza verde.
—Una vez más —dijo, sacándose una hoja de la frente.
Nube observó desde una banca de tronco. Sus orejas largas siguieron el vaivén de la guirnalda. Esperó a que su vecino dejara de estirarse y preguntó:
—¿En qué parte van?
—Casi está todo. Solo falta este nudo, ordenar las frutas y recibir a los invitados. ¡Yo puedo!
La guirnalda volvió a bajar. Esta vez quedó como una bufanda alrededor de Jade. Él miró un extremo, miró el otro y soltó un suspiro.
—Bueno, esta parte no. ¿Me ayudas con esto? Solo con esto.
Nube sostuvo la punta mientras él hacía un nudo firme. Después se apartaron para mirar. Las hojas de papel se movían despacito, sin tocar las uvas.
Gus acercó otra banca. Tomy puso servilletas junto al pan. Todo estaba listo. Sin embargo, todavía quedaban muchos puestos vacíos.
—¿A qué hora venían? —preguntó Nube.
—Cuando estuviera preparada la mesa. Ayer entregué la invitación. Decía: «Fiesta de la cosecha en Patio de la Mañana. Vengan cuando la mesa esté lista. Cada cual con algo para compartir».
Esperaron un ratito. Jade cambió de lugar tres peras. Después las devolvió a su sitio. Miró las bancas vacías y bajó la voz.
—Quizás no les gustó la fiesta.
—Todavía no sabemos —respondió Nube—. Podemos ir a preguntar.
Jade miró la mesa. Le costaba dejar una preparación a medias, aunque ya estuviera terminada. Por fin se volvió hacia quienes estaban cerca.
—¿Pueden cuidar esto mientras vamos? Si llegan más vecinos, hay sitio aquí.
Con todo encargado, los dos entraron en Sendero de las Raíces. Caminaban sin apuro. A veces uno pasaba primero sobre una raíz y esperaba al otro al otro lado.
Un poco más adelante, Pudi y Palomita estaban sentados junto al musgo. Entre ambos descansaba la invitación, alisada con mucho cuidado.
La cola larga de Palomita tenía la punta recogida. Frente a ella, dos raíces formaban curvas parecidas. Una parecía un asa; la otra, una pequeña sonrisa.
—Se parece… ¿será lo mismo? —murmuró. Luego vio llegar a sus vecinos y levantó la cabeza—. ¡Vinieron!
—Los estábamos esperando para la fiesta —dijo Jade.
Pudi bajó la mirada hacia sus manos vacías.
—Nosotros queríamos ir. Incluso empezamos a caminar. Pero después leímos otra vez la invitación.
Nube se sentó cerca, dejando espacio para todos.
—Cuéntenme solo lo que me falta.
—Dice que cada cual lleve algo para compartir —explicó Pudi—. Como es una fiesta de la cosecha, pensamos que había que llevar algo cosechado. Nosotros no tenemos.
—Yo pensé lo mismo —añadió Palomita—. Y decidimos esperar. Pero no preguntamos si lo habíamos entendido bien.
Jade abrió el pico para responder enseguida. Después miró el papel. Leyó sus propias palabras una vez. Y otra, más despacio.
—Ah. Yo quería decir que podían traer algo si tenían ganas. No que hiciera falta para entrar.
—¿Podemos ir sin una canasta? —preguntó Pudi.
—Sí. Claro que sí. Hay comida para todos. Quería compartir la cosecha con ustedes. Me faltó escribir esa parte.
Palomita acercó la invitación.
—¿Y si lo agregamos? Así, cuando la miremos de nuevo, estará más claro.
Jade llevaba el lápiz con que había marcado los puestos. Apoyó el papel sobre una raíz ancha y escribió: «No hace falta traer nada. Los esperamos para celebrar juntos».
Palomita leyó la frase y sonrió.
—¡Ah, ahora lo veo! Nosotros pusimos una canasta en la invitación, aunque no estaba dibujada.
Todos miraron el papel. Después miraron las manos vacías de Pudi, que ya no parecían un problema.
—¿Caminamos juntos un ratito? —propuso él.
Emprendieron el regreso por Sendero de las Raíces. Palomita señaló una curva entre las raíces, pero antes de adelantarse preguntó:
—¿Nos fijamos en la raíz ancha o en la que parece un arco?
—En la ancha —respondió Nube—. Pasamos junto a ella al venir.
Durante el paseo, Pudi contó cómo las dos curvas habían terminado pareciéndole una taza. Palomita decía que eran una sonrisa. Fueron comparando ideas, sin necesitar ponerse de acuerdo.
Al llegar a Patio de la Mañana, Jade acercó una banca para sus invitados. Luego ayudó a Nube a llevar la fuente de uvas.
—Tú me ayudaste; ahora me toca a mí.
Compartieron pan, fruta y té tibio. Más tarde comenzó una ronda de palmas. Nube miró primero, preguntó en qué parte iban y entró cuando llegó su turno.
La invitación quedó sobre la mesa, con su frase nueva bien visible. Cuando llegó la hora de partir, Pudi dijo: «¡Me gustó caminar contigo!». Hubo despedidas cortitas y cariñosas. Las hojas de papel siguieron balanceándose sobre las últimas migas.
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