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Una nube de papel en Mirador del Viento

En Mirador del Viento, la brisa hacía bailar las ramitas. Iban hacia un lado. Volvían al otro. Trigo miraba una nube larga, con una punta delgada como una semilla.

—Voy a mirar esta nube un ratito —dijo.

A su lado, Brinco sacó un pequeño papel. Había dibujado una nube redonda para recordar el paseo. La sostuvo sobre sus patas amarillas y sonrió.

—¡Esto lo quiero recordar!

Gancho se acercó para verla. Justo entonces, el viento hizo fuuu. El papel se levantó, dio una vuelta y pasó entre los tres.

Brinco estiró una pata, pero el dibujo ya iba más allá. Rozó una piedra, giró otra vez y desapareció detrás de unas ramitas.

Por un momento, los tres se quedaron quietos. Solo se escuchaba el aire pasando entre las hojas.

—Mi nube… —dijo Brinco, bajito—. Era pequeña, pero me gustaba mucho.

Trigo se puso a su lado. —Vamos a buscarla juntos. Yo vi hacia dónde fue. —Yo vi dónde bajó —añadió Gancho.

No salieron corriendo. Caminaron hasta la piedra y miraron alrededor. Había hojas secas, semillas y una pluma sin dueño a la vista. Del papel, nada.

—Podemos mirar por partes —propuso Trigo—. Yo miraré junto a esta piedra. —Yo, entre las ramitas —dijo Gancho. —Y yo, sobre el suelo —decidió Brinco.

Buscaron despacio. Trigo bajó su nariz grande. Gancho apartó una ramita con cuidado. Brinco siguió con la mirada una hoja que avanzaba a saltitos.

—Esta hoja va por donde fue mi dibujo —observó.

Los tres siguieron su recorrido. La hoja se detuvo junto a una piedra lisa. Detrás se oyó un sonido suave.

Ras, ras. Ras, ras.

—¿Escucharon? —preguntó Trigo.

Se agacharon. Allí estaba el papel, metido bajo una ramita caída. Una esquina subía y bajaba, como si la nube quisiera saludar.

—Yo puedo levantar la ramita —dijo Gancho. —Yo sostengo esta esquina —ofreció Trigo. —Y yo lo saco despacito —dijo Brinco.

Uno, dos… listo. El dibujo salió con una arruga en el medio. Brinco lo alisó sobre la piedra, pasando la pata con mucha suavidad.

—Ahora mi nube tiene un caminito —dijo, mirando el pliegue. Los tres sonrieron.

Brinco guardó el papel dentro de su bolsita y ajustó el cordón. Después se sentaron un rato, con las patas descansando sobre la piedra tibia.

—A mí me gusta esa ramita que se balancea —dijo Gancho—. ¿Y a ustedes? —La punta de aquella nube —respondió Trigo. —A mí, este ruidito —dijo Brinco.

Fuuu, hizo la brisa, ahora muy suave.

Al levantarse, Brinco tocó su bolsita y alzó una pata. —Hasta luego, Mirador del Viento. Los tres se alejaron sin apuro, caminando juntos.

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