La noche estaba quietita en Campanario de la Luna. Sobre tres cojines, Ritmo, Bucle y Gota miraban una franja de luna que cruzaba el suelo. Ya habían bostezado una vez. Quizás dos.
Entonces sonó algo nuevo. Tic… toc. Una pausa larga. Tic. Ritmo levantó un ala, despacito. —Ese sonido no lo habíamos escuchado. Bucle ladeó la cabeza. Gota dejó las manos quietas sobre su cojín.
Esperaron sin hablar. Afuera pasó una brisa. La cortina se levantó apenas y volvió a bajar. Tic… toc. —Parece que viene de ahí —dijo Gota, señalando la ventana.
Se acercaron con pasos blanditos. En el borde de la cortina había una cuenta de madera. Cuando la tela se movía, la cuenta tocaba el marco. Primero una vez. Después, a veces, otra.
—¡Una cuenta que toca la ventana! —susurró Ritmo. Abrió las alas con entusiasmo y enseguida las recogió. El sonido era tan pequeño que daban ganas de escucharlo de cerca.
A Bucle se le ocurrió un juego. —Te muestro solo un poquito. Dio dos toquecitos sobre su cojín y dejó las manos quietas. Después miró a los demás, sin añadir ninguna regla.
—¿Les interesa probar? Ritmo asintió. Gota prefirió sentarse a mirar. —Tu versión también cabe —dijo Bucle, haciendo espacio a su lado. La cortina se movió otra vez. Tic.
Jugaron a responder después de la pausa. Toc, toc, hizo Ritmo. Tap, tap, hizo Bucle. Gota siguió el juego con un pequeño movimiento de cabeza. Nadie tuvo que apurarse.
Bucle puso una piedrita junto a su cojín. —La dejaré aquí para recordar que todavía quiero probar otro sonido. Mientras acomodaba su asiento, Gota apartó la piedrita hacia la ventana.
Cuando llegó la siguiente pausa, Bucle buscó su señal. Gota lo notó. —Moví esto sin preguntar. Perdón. ¿Qué te ayudaría ahora? Y esperó, con la piedrita entre las manos.
—Que vuelva aquí. Todavía era mi turno. Gota la dejó junto al cojín. —¿Ahí está bien? Bucle asintió y dio un solo toque. Luego escucharon cómo terminaba de sonar.
A Ritmo le dieron ganas de cambiar el juego. Esta vez avisó antes. —¿Probamos este cambio? Primero te lo muestro. Dio un toque suave y dejó una pausa muy, muy larga.
Tan larga que llegó un bostezo. Y luego otro. —Escuchar también vale —murmuró Ritmo. Los tres se quedaron quietos mientras la cuenta hacía su último tic.
La brisa descansó. Gota acercó los cojines, después de preguntar. Bucle guardó su piedrita. Ritmo acomodó las alas. En Campanario de la Luna, la cortina quedó inmóvil y la luna siguió acompañando aquel silencio.
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