La mañana dibujaba sombras redondas en Camino de las Acacias. Mapa llevaba una bolsa de pan y semillas. Pijama cargaba cuatro manzanas. Habían quedado de encontrarse con Flecha y Coral para pasear junto al agua y compartir una merienda.
—Esta sombra ayer parecía una hoja, y hoy parece una oreja, y aquella… —comenzó Mapa. Se detuvo para mirar a su compañera. —¡Te cuento una y seguimos! Eligió la sombra más pequeña. Después continuaron, paso a paso, escuchando crujir las hojas secas.
Al llegar a Paso de los Castores, encontraron a Flecha con un ala levantada. Coral observaba el puente de ramas desde la entrada. El agua corría suavemente por debajo. Sobre el puente había un espacio vacío y dos ramas que se movían al tocarlas.
—Hoy el puente necesita una pausa —dijo Coral—. Estas ramas ya no quedan firmes. Habrá que cambiarlas antes de cruzar. Dejaron una cesta atravesada en la entrada para recordar que el paseo por allí tendría que esperar.
—Podemos ayudar —ofreció Pijama. —En Camino de las Acacias vimos ramas caídas —añadió Mapa—. Algunas eran largas. Otras tenían curvas. Una parecía… —Una y seguimos —recordó su compañera, sonriendo. —Una era recta y firme. Esa podría servir.
Primero miraron juntos lo que necesitaban. Coral puso una ramita junto al espacio vacío para recordar la medida. Flecha propuso viajar al ritmo de dos palmadas y un paso. Así emprendieron los cuatro el pequeño recorrido hacia Camino de las Acacias.
Palmada, palmada, paso. Palmada, palmada, paso. Pero Mapa se detenía a comparar las ramas, y Pijama quería mirar bajo una sombra cercana. El ritmo avanzaba; los vecinos, no tanto. Flecha bajó las alas. —Parece que mi señal llegó antes que nosotros.
En Camino de las Acacias, Pijama dio un paso hacia un costado. Luego volvió. —¡Di un paso sin avisar! Vuelvo y les cuento. Ahora prefiero este rincón. Hay ramas secas sobre el suelo. ¿Les acomoda si cambiamos? Los demás miraron y estuvieron de acuerdo.
Revisaron las ramas caídas sin arrancar ninguna. Apartaron las que se deshacían y eligieron las firmes. Mapa fue mostrando sus hallazgos de uno en uno. Coral comparó cada rama con la medida que había traído. Prepararon unos manojos pequeños, fáciles de llevar.
Cuando regresaron a Paso de los Castores, el sol iluminaba la entrada del puente. Dejaron las provisiones a la sombra y acomodaron los materiales sobre el suelo. Tenían ramas, tiras vegetales para sujetarlas y muchas ganas de empezar. También tenían cuatro ideas distintas sobre cómo hacerlo.
Esa mañana, Flecha y Coral preferían presentar una rama, ajustarla y seguir con la siguiente. Mapa y Pijama, en cambio, querían ordenar todas primero. —Así vemos lo que falta —explicó Mapa. —Así vemos cómo queda —respondió Coral.
Flecha levantó un ala. —¡Ahora! Sujetó un extremo de una rama. Pero Mapa todavía comparaba dos largos y Pijama estaba cambiando otra de lugar. Nadie tiró ni empujó. La rama quedó quieta en el suelo, esperando.
—Yo pensé que esa señal era para mirar —dijo Pijama. —Yo creí que todavía estábamos eligiendo —añadió Mapa. Flecha contempló su ala levantada y la bajó despacito. —Probemos otra señal. Pero primero cuéntenme qué necesitan terminar.
Se sentaron un momento alrededor de las ramas. Mapa quería verlas ordenadas por tamaño. Coral necesitaba comprobar cada ajuste antes de seguir. Pijama prefería dejar libre un espacio para moverse. Flecha quería saber cuándo podía dar la señal.
—Podemos ordenar primero —propuso Coral— y después trabajar con una sola rama cada vez. Dejaron tres grupos de materiales y un espacio libre entre ellos. Mapa miró el resultado. —Ahora sí puedo encontrar lo que me pidan.
Faltaba entender las indicaciones. —Acércala a este lado —dijo Coral. Pijama empezó a moverla hacia el lado contrario. Se detuvieron. El ajolote rosado miró desde donde estaba su vecina. —Ah. Desde aquí se ve así. ¿Qué ves tú?
—Veo la cesta delante y las ramas detrás. —¡Busquemos una señal para los dos! Pusieron una piedra clara junto al lugar de trabajo. Desde entonces dijeron «hacia la piedra» o «lejos de la piedra». Ya no importaba desde qué lado miraban.
Flecha ensayó una señal nueva: ala arriba para prepararse, ala abajo para comenzar. —¿Se ve desde allá? Los demás probaron sus posiciones. Entonces preguntó: —¿Están listos o esperamos un poquito? —Un poquito —respondió Mapa. Y esperaron.
Cuando los cuatro estuvieron listos, acercaron la primera rama. La acomodaron y la sujetaron con cuidado. Después vino otra. Entre una y otra revisaban el trabajo. El ritmo era más lento que las primeras palmadas, pero esta vez todos avanzaban juntos.
A mitad de la tarea, Pijama encontró una posición más cómoda. Antes de moverse, avisó: —¿Les acomoda si cambiamos? Dejaron la rama apoyada, hicieron espacio y volvieron a empezar. Flecha esperó las cuatro respuestas antes de bajar el ala.
Por fin revisaron cada rama y cada unión. Nada se movía. Retiraron la cesta y cruzaron de uno en uno, sin apuro. Al otro lado compartieron pan, semillas y manzanas. Después escucharon los juncos, mientras el puente descansaba sobre el agua tranquila.
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