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Una sombra compartida en Charca Dorada

Aquella mañana, el sol brillaba sobre Charca Dorada. Brillaba en el agua, en las piedras y hasta en la punta de una hoja. Orejón miró el suelo. Su sombra parecía haberse encogido.

—Hoy está para caminar despacito —dijo Canto. Bajo una acacia había una sombra ancha. Casco ya había extendido allí una manta. A un lado esperaban una jarra de agua fresca, tres vasos y unos trozos de fruta.

Los tres se acomodaron. Por un ratito no dijeron nada. Se oía el suave chapoteo de la orilla. Orejón observó una hoja flotante: daba una vuelta lenta, se detenía y volvía a girar.

—¿Qué pasa si lo muevo un poquito? —murmuró, levantando una oreja. Pero antes de moverla, miró a los demás—. ¿Puedo probar aquí? Quiero ver si llega un poco de aire.

—Sí, suavecito —respondió Canto. Orejón movió una oreja. Fuuu. Una esquina de la manta se levantó. La fruta no se movió, pero Casco sintió cosquillas en la frente y soltó una risita.

—¿Qué viste tú? —preguntó Orejón. —La manta quiere pasear —contestó Casco. —Y el aire se siente rico —añadió Canto—. Probemos un movimiento más pequeño.

Esta vez, la oreja fue y vino apenas. Fu. La manta quedó quieta. Orejón sonrió y después descansó también. No hacía falta estar moviéndose todo el tiempo.

Al cabo de un rato, Canto señaló los vasos. —¿Te sirve una ayudita para servir agua? —Sí, gracias —respondió Orejón—. Yo sostengo mi vaso. Bebieron a pequeños sorbos, sin apuro.

Entonces Casco se puso de pie. —¡Yo reparto la fruta, sirvo más agua y acomodo la manta! Dio un paso hacia la jarra, otro hacia la fruta, y se quedó mirando ambas cosas.

—¡Dije muchos síes! Cambiemos el plan. Canto esperó. Orejón bajó su vaso. —Esta parte sí puedo hacerla —dijo Casco, acercando la fruta al centro—. Así cada uno alcanza un trozo.

Mientras comían, una franja de sol apareció sobre la manta. Primero tocó una punta. Después avanzó hasta un vaso. Orejón la siguió con la mirada. —Nuestra sombra se está corriendo.

—Podemos corrernos también —propuso Canto—. ¿Quieren mover la manta? —¿Cuánto hace falta? —preguntó Casco. Miraron juntos: solo un poquito, hacia el tronco.

Apartaron los vasos. Cada uno tomó una esquina y deslizaron la manta hasta dejarla enterita bajo la sombra. Luego acercaron la jarra. Todo quedó a mano.

—Aquí está bien —susurró Casco. Canto se acomodó a su lado. Orejón dejó quietas sus grandes orejas. Sobre Charca Dorada, la hoja seguía flotando. Ellos la miraron juntos, fresquitos, con agua cerca y nada que hacer de prisa.

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