Una aventura por capítulos

Dominga y la cometa del mar

Un pez de papel quiere conocer el cielo, pero su cometa gira, cae y pierde una tira de la cola. Tres amigos recorren las dunas, la cala y el estuario buscando cómo hacerla volar. Ocho capítulos sobre una tarde de inventos, recuerdos y un vuelo que nadie quiere perderse.

8 capítulos · 3.322 palabras · 7–11 años · lectura compartida

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Capítulo 1

Un pez en el cielo

Dominga estaba al pie del Faro de las Gaviotas cuando vio pasar un pez por el cielo. Tenía la cola larguísima, nadaba hacia arriba y se deshizo antes de alcanzar el sol. Era una nube, por supuesto. Pero durante un momento había parecido un pez con muchísimas ganas de conocer las alturas.

—Le falta el agua —dijo Botitas, que acababa de llegar.

—Tal vez vino a mirar dónde empieza la lluvia —respondió Dominga.

Espuma se quedó observando el último pedacito de nube. Le gustaba esa forma. Le dio un poco de pena verla desaparecer, aunque la nueva ya parecía otra cosa: una cuchara, quizás, o una ola dada vuelta. Dominga lo vio mirar y tuvo una idea.

—Podríamos hacer un pez que se quede un rato más.

Mochila estaba acomodando papeles en el rincón protegido del viento. Había traído materiales para una tarde de juegos: papel celeste, cordel, varillas delgadas, pegamento y retazos de papel claro. Al escuchar la idea, se acercó con tantas propuestas que casi las dijo todas al mismo tiempo.

—¡Un pez enorme! ¡Con ventanas! ¡Y un barco! ¡Y una isla debajo!

Se detuvo al ver la cara de Dominga.

—Bueno… traje una idea y se me salieron cuatro. ¿Qué querían hacer ustedes?

Dominga miró el papel celeste. Si lo unían a unas varillas y le ponían una cola, tal vez podrían levantar una cometa. Un volantín, como también le decían. Botitas imaginó una figura de cuatro puntas. Espuma propuso dibujar el pez en el centro, de color naranja, para que se viera desde la arena.

Velero, que había escuchado desde el otro lado, levantó la vista al horizonte.

—Imaginemos que ese pez va a visitar una nube y vuelve a contarnos qué encontró.

—Primero tendremos que enseñarle a despegar —dijo Dominga.

Botitas le preguntó si sabía hacer una cometa que volara de verdad. Ella estuvo a punto de contestar que sí. Conocía el faro, las olas y el rincón donde el viento no desordenaba los papeles. Le gustaba que las visitas encontraran respuestas allí. Pero nunca había armado una cometa.

—Todavía no —admitió—. Podemos probar juntos.

Mochila dejó los materiales en el suelo, bajo techo. Eligieron un cordel corriente y reservaron un lugar despejado en tierra para los intentos, lejos del agua, del faro y de cualquier cable. La primera tarea sería construir, no correr.

Espuma alisó el papel celeste. Dominga dibujó un pez naranja con una cola muy pequeña.

—Ahora sí —dijo—. Tenemos un pez que quiere conocer el viento.

Capítulo 2

La cola más elegante de la costa

La cometa empezó pareciendo una ventana sin casa. Dos varillas cruzadas, cordel bien sujeto y un papel celeste que había que pegar sin arrugar. Botitas miraba cada esquina. Cuando Dominga terminaba una, él se inclinaba para comparar la siguiente. Espuma sostenía el papel contra el suelo mientras el pegamento secaba, y Mochila iba pasando lo que hacía falta.

Trabajaron en el rincón protegido junto al faro. Desde allí veían el mar, pero las ráfagas no les arrancaban las piezas. Dominga dibujó el pez naranja. Le hizo un ojo pequeñito, una aleta y una sonrisa que terminó un poco torcida. Quiso borrarla. Espuma dijo que a él le gustaba: parecía que el pez acababa de escuchar algo gracioso.

—Entonces se queda —decidió ella.

Cuando terminaron la figura principal, faltaba la cola. Mochila mostró una tira de papel claro. Dominga pensó que una sola sería muy poco para un pez que iba a conocer el cielo. Añadieron otra. Después una más. Espuma propuso pequeños dibujos de la costa: una curva por la cala, una rayita por las dunas, un remolino por el estuario.

Botitas empezó a decir que una cola parecía más cargada de un lado, pero Dominga todavía estaba pegando un círculo naranja. Él cerró el pico y esperó a que terminara. La última pieza quedó justo donde ella quería. Entonces miraron la cometa completa.

Era preciosa. También era bastante pesada.

—Parece vestida para una fiesta de peces —dijo Velero, al pasar.

La llevaron al terreno abierto. Mochila sostuvo la cometa a poca altura mientras Dominga sujetaba el cordel. Esperaron una brisa suave. El papel se tensó. La punta subió un poquito. Espuma soltó un «¡ah!» tan esperanzado que casi pareció ayudarla a levantar.

La cometa dio media vuelta y aterrizó de nariz en la arena.

El pez naranja quedó mirando hacia abajo.

Nadie se rio. Dominga fue a recogerla y le sacudió la arena con cuidado. Pensó que quizás necesitaba otro intento. Esperaron la siguiente brisa. Esta vez la cometa se levantó un poco más, giró hacia el mismo lado y volvió a caer.

Botitas se acercó cuando todos dejaron de moverse.

—Creo que vi algo —dijo—. Siempre se inclina para allá. Y esa mitad de la cola tiene más adornos.

Dominga miró las tiras. Le había puesto un pequeño pedazo de casi toda la costa. De pronto sintió que quitar cualquiera de ellos sería dejar fuera a un amigo.

Espuma se agachó junto al pez.

—Quizá todavía no sabe llevar tantos recuerdos.

Capítulo 3

Una pista dibujada con los pies

Bajaron por el camino hasta las Dunas Suaves llevando la cometa entre los tres. No la arrastraron: el papel ya tenía suficiente arena en la nariz. Allí encontraron a Bailín dibujando una curva con sus pisadas. Había empezado despacio y dejado un espacio al final porque todavía no decidía hacia dónde doblarla.

—Parece una ola que se está riendo —dijo Espuma.

Bailín miró su curva desde el principio. Le gustó la comparación. Dominga explicó que la cometa también hacía una curva, pero cada vez terminaba en el suelo. La apoyaron sobre una tela extendida en la arena firme, fuera del paso. Botitas se colocó delante para mostrar lo que había visto.

Primero marcó una línea recta con sus pies. Después dibujó el giro hacia un lado. Bailín añadió otra curva al lado, copiando el segundo intento. Las dos terminaban en el mismo sitio.

—No cae de cualquier manera —observó Botitas—. Hace siempre esta vuelta.

Dominga comparó las huellas con la cometa. Una tira de la cola tenía tres adornos gruesos y la otra solo uno. Además, un trozo de papel se había doblado sobre sí mismo. Ella había pensado únicamente en cómo se vería desde lejos. No había mirado qué pasaba cuando el viento tiraba de cada lado.

Quitaron primero el papel doblado. Probaron otra vez, manteniendo el intento corto y en el espacio despejado. La cometa giró menos, pero cayó igual. Después repartieron los adornos. Esta vez se mantuvo derecha durante un instante antes de bajar pesadamente.

—¡Ese instante fue nuevo! —exclamó Bailín.

Dominga iba a responder que seguía sin volar. Se detuvo al mirar las dos curvas de huellas. Tenía razón: el giro era distinto. Botitas dibujó una tercera línea, más recta. Ahora podían ver la diferencia sin tener que recordarla toda de golpe.

Espuma miró los adornos que habían retirado. El remolino del estuario estaba entre ellos. Lo había dibujado pensando en una pequeña espuma que vio desaparecer esa mañana. No quería perder también el dibujo.

—Podemos guardarlos mientras probamos —propuso Dominga.

Mochila había dejado una caja vacía entre los materiales. Volvieron a buscarla y pusieron dentro cada pieza que retiraban, con una piedrita encima de la tapa para que no se abriera. La costa no estaba quedando fuera. Por ahora, esperaba en una caja.

Botitas señaló la cometa.

—Nos falta averiguar cuánto puede llevar.

Dominga miró al pez naranja, todavía sonriente pese a la arena.

—Y a él le falta contárnoslo.

Capítulo 4

La ola que llegó demasiado pronto

Antes de seguir probando, Espuma quiso pasar por el Estuario de Sal. Había dejado allí un dibujo de huellas que quería mostrarles. No quedaba lejos por el recorrido de la costa, y caminar un rato también les permitiría dejar secar una esquina del papel que habían reparado. Llevaron la cometa y la caja cerrada.

Al llegar, encontraron a Collar en una franja firme de arena. Espuma buscó el remolino que había dibujado por la mañana. Una línea curva todavía se veía, pero el agua había borrado casi todo lo demás. La siguiente ola se estiró sobre la orilla y se llevó la última vuelta.

Espuma bajó un poquito la cabeza.

—Quería que vieran cómo terminaba.

Dominga estuvo a punto de decir que podían hacer otro. Miró a Espuma y se quedó callada. Él seguía observando el lugar donde había estado la curva. No quería otro dibujo todavía. Quería despedirse de ese.

—¿Terminaba como el remolino de la cola? —preguntó Botitas.

Espuma asintió. Abrió la caja y sacó el papelito. Lo sostuvo un momento junto al espacio vacío. La curva dibujada no era exactamente igual, pero recordaba la vuelta que le había gustado. Dominga se acercó para mirarla.

—Ahora entiendo por qué lo pusiste ahí —dijo.

Una brisa levantó una esquina de la tela donde habían apoyado la cometa. Collar señaló un lugar más atrás, seco y protegido por una loma baja.

—Allí podemos dejar las cosas mientras miramos. Aquí el agua ya está llegando más lejos.

Trasladaron todo sin apurarse hacia la orilla. La cometa seguía sin volar, la caja estaba llena de adornos y el dibujo de la mañana se había ido. Dominga sintió que la tarde se le escapaba por varios lados al mismo tiempo.

Botitas encontró una tira de papel muy ligera entre los retazos. La sostuvo y vio cómo se estiraba con la brisa. No llevaba dibujos gruesos, nudos grandes ni piezas pegadas. Solo una línea fina de color. Espuma sacó de la caja el remolino y lo comparó con ella.

—Podemos guardar este —dijo—. Y dibujar otro más livianito para que viaje.

Dominga lo miró. Era una idea pequeña, pero abría mucho espacio. No tenían que llevar cada recuerdo tal como había quedado la primera vez.

En el papel claro trazaron una curva sencilla, sin pegar nada encima. El viento la levantó apenas. Espuma sonrió y después volvió a mirar la orilla.

—Todavía me da pena el dibujo —dijo—. Pero quiero ver volar esta curva.

Capítulo 5

La cometa que necesitaba descansar

En Cala Redonda encontraron una roca tibia y un rincón donde el viento llegaba suave. Chascón estaba conversando con Chaleco, que había elegido ese sitio porque desde allí podía ver cómo las olas se abrían en dos alrededor de una piedra. Dominga les mostró la cometa. El pez naranja tenía una arruga en la frente y arena en una esquina.

—Parece que ha viajado mucho sin despegar —dijo Chaleco.

Dominga soltó una risa corta. Era exactamente lo que había pasado. Habían llevado al pez del faro a las dunas, de las dunas al estuario y ahora a la cala. Su aventura ya recorría varios rincones, aunque él siguiera sin conocer el cielo.

Chascón quiso llamar a más amigos para ver el próximo intento. Botitas miró el papel húmedo de pegamento y negó despacio.

—Todavía estamos reparando esta parte. Podemos avisar cuando esté lista.

Chascón se sentó cerca y preguntó si podía mirar. Dominga le hizo sitio. Espuma abrió la caja de adornos. Sacaron las piezas más pesadas y prepararon tres tiras claras con dibujos sencillos: la curva de la cala, las huellas de las dunas y el remolino del estuario. Pesaban mucho menos que la primera cola.

Mochila llegó siguiendo el camino de la costa. Había recogido los materiales que quedaban al pie del faro para que no se volaran. Traía también la pregunta que no se le quitaba de la cabeza: ¿había despegado ya?

Dominga bajó la mirada.

—Todavía no. Y no sé si va a hacerlo hoy.

Decirlo le costó más que admitir que nunca había construido una cometa. Al principio, «no sé» parecía la puerta de una aventura. Ahora también contenía varios intentos fallidos. Mochila dejó los materiales junto a la caja.

—Entonces no prepararé una gran presentación todavía —dijo—. ¿Qué necesitan ahora?

—Que esta esquina se seque —respondió Botitas.

Parecía una tarea demasiado pequeña para tanta ilusión. Pero era la tarea que tenían delante. Se sentaron a mirar el agua mientras el pegamento hacía su trabajo. Chaleco les mostró las dos olas que rodeaban la piedra. Espuma siguió una con la vista hasta que desapareció en la arena.

Al levantarse, Dominga revisó la esquina. Ya estaba firme. El papel celeste tenía una cicatriz delgada, y al pez naranja le había quedado la sonrisa torcida de antes.

—No es la cometa que imaginé esta mañana —dijo.

Botitas miró las tres tiras nuevas.

—Es la que hicimos durante toda la tarde.

Y la llevaron de regreso hacia el faro.

Capítulo 6

La carrera de la tira amarilla

Cerca de las Dunas Suaves se detuvieron para acomodar las tres tiras antes del siguiente intento. La cometa estaba apoyada sobre la tela, con el cordel recogido. Dominga sostuvo la primera tira, Espuma la segunda y Botitas revisó la tercera, de un amarillo tan claro que parecía un pedacito de sol.

Una ráfaga llegó antes de que terminaran de sujetarla.

La tira amarilla se levantó, dio una vuelta y salió volando por el espacio abierto. Dominga quiso correr tras ella, pero el papel ya había cambiado de dirección. Primero fue hacia la loma, después hacia una mata baja de pasto. Parecía conocer mejor el viento que todos ellos juntos.

—¡La cola aprendió antes que el pez! —exclamó Mochila.

Botitas siguió el movimiento con la vista. La tira cayó un instante sobre la arena, dejó un surco pequeño y volvió a levantarse. Él no corrió detrás de cada vuelta. Esperó a ver dónde terminaba. Espuma se quedó junto a la cometa para que no se movieran las otras piezas.

La tira amarilla se enganchó en el pasto, dentro de la zona seca. Botitas señaló el lugar. Dominga llegó por el camino firme y la recogió sin arrancar la planta. Una punta se había rasgado. Era un daño pequeño, pero a ella le apretó el pecho como si se hubiera roto toda la cometa.

Habían esperado el pegamento. Habían quitado adornos. Habían caminado por media costa. Ahora la cola volvía con un pedazo menos.

Dominga se sentó en la arena y dejó la tira sobre la tela.

—Estoy cansada de arreglarla.

Espuma se acercó sin decir que faltaba poco. No sabía cuánto faltaba. Botitas tampoco prometió que el próximo intento saldría bien. Mochila guardó los retazos sueltos en la caja y puso la tapa. Por un rato solo se escuchó el mar.

Después, Botitas mostró la punta rasgada. Podían emparejarla con cuidado y hacer las otras tiras del mismo largo. Pero también podían guardar todo y volver otro día. Dominga pasó la mirada por el pez, las varillas y el cordel.

Quería seguir. No quería seguir corriendo.

—Un intento más, despacito —eligió.

Acomodaron las tres tiras bajo el reparo de la loma, asegurando cada unión antes de dejar otra pieza libre. Botitas observó hasta que terminaron. Espuma comprobó que no quedaran papeles sobre la arena. La tira amarilla, un poco más corta, volvió a su sitio.

Dominga alzó la cometa apenas. Las tres colas se estiraron juntas, sin tironear hacia un lado.

Por primera vez, el pez pareció quedarse quieto dentro del viento.

Capítulo 7

Un vuelo del tamaño de una sonrisa

Eligieron el espacio amplio y despejado que habían preparado para probar, lejos de la orilla y de los obstáculos. El viento ya no llegaba en empujones. Las puntas del pasto se inclinaban casi todas hacia el mismo lado. Dominga no sabía si eso bastaría, pero podía mirarlo antes de decidir.

Mochila sostuvo la cometa mientras Botitas revisaba que el cordel estuviera libre. Espuma quedó junto a la caja cerrada, observando las tres tiras. Bailín, que había visto volver al grupo, se acercó y se sentó en la arena. Esta vez no dibujó ninguna curva. Quería ver la que haría el pez.

—¿Listos? —preguntó Dominga.

Mochila esperó su señal. Cuando llegó la brisa, dejó que el papel se tensara y soltó con suavidad. Dominga mantuvo el cordel sujeto, sin tirones. La cometa se inclinó un poquito. Botitas contuvo el aire.

La punta celeste subió.

Después subió el pez naranja.

Después las tres tiras se despegaron de la arena y empezaron a moverse juntas.

No llegó a las nubes. No cruzó la costa ni dio la vuelta al faro. Se quedó a poca altura sobre el espacio abierto, balanceándose como si estuviera buscando el sitio exacto donde acomodarse. Pero estaba arriba. ¡Arriba de verdad!

Espuma levantó la cabeza. Alcanzaba a ver el remolino de la tira clara. Dominga sintió el cordel firme y ligero a la vez. La cometa no parecía una cosa que estuviera empujando, sino una cosa con la que conversaba muy despacito.

—¡Está nadando! —susurró Bailín, como si hablar fuerte pudiera espantarla.

Velero llegó al borde del grupo y se quedó mirando. Por una vez no inventó un viaje lejano. El que tenían delante le bastaba. El pez naranja, con su sonrisa torcida y su pequeña reparación, navegaba sobre un pedacito de arena.

La brisa bajó. La cometa empezó a descender. Dominga quiso pedirle al viento que esperara, aunque sabía que no servía. Recogió el cordel poco a poco mientras Mochila se acercaba por un costado. El papel bajó suavemente y quedó apoyado sobre la tela.

Todos siguieron mirando un segundo más, como si el cielo todavía la tuviera.

—Fue cortito —dijo Dominga.

—Sí —respondió Espuma—. Y lo vimos entero.

Botitas señaló las tres curvas que habían dibujado antes en la arena. Ninguna mostraba lo que acababa de pasar. Bailín añadió una nueva: una línea que subía, se quedaba un momento arriba y después bajaba sin darse vuelta.

Dominga sonrió al verla. Ahora tenían una huella de algo que no había caminado por el suelo.

Capítulo 8

Lo que trajo el pez de regreso

Cuando volvieron al Faro de las Gaviotas, el cielo estaba tomando un color parecido al de la piel de un durazno. Dominga dejó la cometa en el rincón protegido. Espuma recogió el cordel con cuidado y Botitas revisó que las varillas no se hubieran soltado. El pez naranja parecía cansado de una manera muy contenta.

Chascón y Chaleco llegaron desde la cala. No habían alcanzado a ver el vuelo. Dominga sintió una pequeña punzada: le habría gustado que todos estuvieran allí. Estuvo a punto de prometer que la harían volar otra vez enseguida, pero el viento había cambiado y ellos también estaban cansados.

—Hoy subió un ratito —les contó—. Podemos mostrarles cómo fue.

Bailín dibujó la curva en el suelo. Botitas añadió el punto donde se habían detenido las vueltas torcidas. Mochila abrió la caja y mostró la primera cola, llena de adornos. Chascón levantó una ceja al ver todo lo que habían querido llevar al cielo.

—Ese pez necesitaba un carrito —dijo.

Se rieron. Espuma sacó el remolino original y lo puso junto a la tira ligera. Uno había quedado en tierra; el otro había volado. Los dos contaban una parte distinta del mismo día.

Velero preguntó qué había encontrado el pez allá arriba. Dominga miró la cometa. Tenía ganas de decir que había visitado una nube, pero eso todavía no había ocurrido. Entonces sonrió.

—Lo que vimos fue un vuelo cortito sobre la arena. Ahora podemos imaginar lo demás.

Y empezó un cuento: el pez naranja había subido para preguntarle al viento por qué siempre llegaba despeinado. El viento le había contestado que pasaba por tantos árboles que nunca lograba peinarse. Mochila añadió que por eso las nubes usaban formas distintas cada tarde. Chaleco dijo que alguna seguramente llevaba un peine escondido.

Espuma escuchaba con el remolino apoyado junto a él. Seguía sintiendo un poquito de pena por el dibujo borrado de la mañana. También tenía la alegría del vuelo. Ninguna había echado a la otra de su sitio.

Antes de despedirse, guardaron todos los materiales y recogieron los retazos que quedaban. La cometa descansaría bajo techo hasta otra tarde de brisa amable. Dominga no escribió una fecha ni prometió que la próxima vez llegaría más alto. Quería volver a intentarlo con sus amigos, y eso era suficiente por ahora.

Al mirar el horizonte, vio una nube larga, con una punta redonda y algo parecido a una cola.

—Miren —dijo—. Volvió el pez de esta mañana.

Botitas inclinó la cabeza.

—O vino otro a preguntar cómo se hace.

Y la risa de todos salió a pasear junto al mar.

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