Capítulo 1
Alguien dormía detrás de los pinos
Cereza estaba junto a la ventana del Refugio de Pino cuando vio al gigante. Tenía una frente de montaña, una nariz enorme y algo parecido a una sonrisa bajo un ojo cerrado. Parecía dormir detrás de los árboles, con la cabeza apoyada sobre el valle. Cereza se quedó tan quieta que Botón pensó que había encontrado una mota de polvo extraordinaria.
—Mira —susurró ella—. La montaña tiene cara.
Botón se acercó, pero desde su altura solo veía pinos, cielo y el borde de una roca. Cereza señaló la nariz. Él señaló otra cosa. Durante un momento, los dos estuvieron mirando la misma ventana y paisajes completamente distintos.
Pincel dejó su dibujo sobre la mesa y se asomó. Vio una forma parecida a una cara, aunque para él el ojo estaba abierto. Andes, desde la puerta, no encontró ninguna. Cereza empezó a reírse: su gigante podía dormir, mirar o desaparecer sin moverse del sitio.
No pensaba que hubiera un habitante enorme escondido allí. Sabía que las rocas y los árboles podían parecer otras cosas. Pero quería descubrir qué partes formaban aquella cara y si se veía igual desde afuera. Botón propuso un paseo corto por los caminos conocidos para buscar las piezas.
Pincel dibujó la silueta tal como Cereza la describía. Le puso una marca junto a la frente, otra en la nariz y otra en la sonrisa. Dejaron el dibujo sobre la mesa para compararlo al regresar. Cereza quiso llevar una copia, pero solo había terminado la mitad.
—Puedo recordarlo —aseguró.
Botón señaló tres detalles de la entrada para reconocer el regreso: el poste claro, una piedra con una raya y la ventana ancha. Después miró otra vez hacia la montaña. Todavía no veía al gigante, y tenía muchas ganas de encontrarlo por sí mismo.
Salieron al patio.
La cara desapareció.
Cereza se detuvo después de apenas unos pasos. La montaña seguía allí. Los pinos también. Sin embargo, la nariz ya no estaba donde debía y la sonrisa se había convertido en una rama torcida.
Botón miró la ventana desde afuera.
—Tal vez el gigante no salió de paseo —dijo—. Tal vez se quedó en el marco.
Cereza sonrió. Aquella era una pista demasiado buena para dejarla esperando junto a la puerta.
Capítulo 2
La nariz que se volvió árbol
En el camino al Mirador del Viento, Cereza intentó reconstruir la cara con lo que recordaba. La frente seguía siendo una curva lejana de la montaña. La nariz, en cambio, parecía moverse cada vez que ella daba unos pasos. Botón observó un pino cercano que se cruzaba con la roca del fondo.
—¿Y si la nariz está más cerca que la frente?
Cereza miró hacia donde señalaba. La punta que había tomado por nariz podía ser una rama delante de la montaña. Desde la ventana, las dos formas se juntaban. Desde el sendero, quedaba un espacio entre ellas.
Brinco los encontró detenidos en mitad de aquella comparación. Se apartaron a un ensanchamiento para dejar libre el paso y le contaron la búsqueda. Brinco quiso llevarse un recuerdo bonito del paseo, así que propuso describir la cara con los ojos cerrados. Cereza lo intentó.
Recordaba la sonrisa. También una sombra oscura donde debía estar el ojo. Pero cuanto más hablaba, más mezclaba lo visto con una cara inventada. Botón sugirió separar ambas cosas en el dibujo que harían después: una línea para lo observado y otra para lo imaginado.
Al llegar al mirador encontraron a Trigo junto a una roca soleada. El viento movía los arbustos, y las nubes cambiaban de forma antes de que Cereza terminara de señalarlas. Trigo les mostró una curva del horizonte que parecía el lomo de un animal dormido.
Era otra figura. No el gigante de la ventana.
Cereza sintió un poco de decepción. Había pensado que subir al mirador ayudaría a verlo mejor, pero ahora tenía más paisaje y menos cara. Brinco, en cambio, estaba encantado con el lomo de nube y montaña.
Botón miró a Cereza antes de celebrar el hallazgo. Ella quería encontrar algo concreto. Le preguntó si prefería seguir buscando o descansar un rato. Cereza eligió mirar desde la roca resguardada, sin acercarse a los bordes.
Desde allí descubrió que la supuesta nariz era, efectivamente, una rama de pino. La montaña no la había perdido. Ellos habían cambiado de lugar.
Cereza soltó una carcajada.
—Nuestro gigante tiene la nariz delante de la cara.
Brinco abrió mucho los ojos.
—Eso debe de complicarle muchísimo los estornudos.
Y la búsqueda recuperó, de golpe, las ganas de seguir.
Capítulo 3
Un marco sin ventana
Cumbre los recibió junto al Arco de Piedra. No estaba vigilando nada ni esperando visitantes por obligación; simplemente disfrutaba la vista desde el resguardo. Al escuchar lo del gigante, quiso mirar la montaña desde el lugar que ellos señalaban.
Cereza describió la frente, la nariz de pino y el ojo oscuro. Cumbre no encontró la cara completa, pero sí entendió el problema. El arco enmarcaba un pedazo del cielo. Si caminaban a un lado, el dibujo dentro del hueco cambiaba aunque las piedras no se movieran.
Botón probó primero. Desde un punto veía una nube dentro del arco. Desde otro, la misma nube quedaba afuera y aparecía la punta de un pino. Cereza se colocó a su lado y vio algo distinto porque sus ojos estaban a otra altura.
—La ventana también recorta un pedazo —dijo Cumbre—. Podemos buscar qué dejaba dentro.
No tenían que mover una ventana real por la montaña. Bastaba con hacer un pequeño marco de papel y mirar a través de él. Cumbre llevaba una tarjeta para dibujar sombras. Doblaron el centro y abrieron un hueco sencillo, guardando el recorte para no dejar basura.
Cereza sostuvo el marco frente al paisaje. La montaña parecía más grande dentro del pequeño hueco. Botón pidió probarlo desde su altura. Vio una copa redonda y una roca que, juntas, parecían una taza con asa.
El gigante todavía no aparecía, pero ahora entendían por qué la ventana había sido importante. No mostraba todo. Juntaba ciertas formas y escondía otras alrededor.
Azabache, que escuchaba el viento al costado del arco, se acercó al oír las risas. Propuso buscar también un sonido para el gigante imaginario. Hizo un soplido grave que pareció salir de las piedras. Cereza se rio tanto que tuvo que bajar el marco.
—Todavía no sabemos si ronca —dijo.
Cumbre decidió acompañarlos hasta el Valle Pequeño y luego volver al refugio para comprobar la vista original. No buscarían un gigante real ni un camino hasta la montaña distante. Seguirían las piezas visibles desde las rutas que conocían.
Botón guardó el marco de papel entre dos tarjetas para que no se doblara. La expedición acababa de conseguir una herramienta muy ligera: un agujero que ayudaba a mirar mejor.
Capítulo 4
La sonrisa se quedó atrás
En el Valle Pequeño, las rocas redondas parecían enormes al lado de la poza y pequeñas frente a los pinos. Cereza miró una tras otra, buscando la curva de la sonrisa. Cumbre le recordó que podía ser una forma cercana al refugio, igual que la nariz. No necesariamente una roca de aquel valle.
Roquito estaba empezando el camino de regreso y se ofreció a acompañarlos durante un tramo. Le gustaba descubrir cosas al volver, cuando el paisaje se veía desde el lado contrario. Duna quiso mirar primero por el marco de papel, sin que le dijeran qué figura debían encontrar.
Vio un sombrero.
Cereza se inclinó para mirar desde el mismo punto y encontró una sonrisa. Botón vio una barca. Se quedaron comparando las tres formas, sorprendidos de que una misma curva pudiera llevarlos a lugares tan distintos.
Alfiler eligió observar desde un poco más lejos, con espacio alrededor. Laguna señaló un rincón del sendero desde donde podían mirar la poza sin acercarse a su borde. El paseo se convirtió durante un rato en una colección de figuras que no necesitaban nombre definitivo.
Cereza disfrutaba el juego, pero no quería olvidar la pregunta inicial. Abrió su tarjeta y dibujó las piezas que ya habían reconocido: la frente distante y la nariz de pino. Junto al ojo y la boca dejó dos espacios vacíos.
Roquito miró el dibujo.
—Cuando salimos del refugio, la rama torcida quedó detrás de nosotros. ¿No dijiste que la sonrisa se convirtió en una rama?
Cereza levantó la cabeza. Lo había visto en el patio y después pasó la tarde buscando la sonrisa lejos. La pista quizá estaba justamente donde empezó todo.
Botón se rio bajito. La expedición había recorrido varios rincones para recordar algo que estaba a pocos pasos de la puerta. Eso no volvía inútil el paseo. Sin el mirador, el arco y las otras figuras, quizá todavía pensarían que la cara entera pertenecía a una sola montaña.
Decidieron volver. Cumbre guardó el marco y Duna se despidió antes de seguir su propia exploración. Roquito los acompañó hasta el tramo acordado, mirando el paisaje de regreso con tanta atención como a la ida.
Cereza ya no esperaba encontrar un gigante detrás de cada pino. Buscaba una rama torcida, una sombra oscura y el sitio exacto desde donde esas cosas se habían dado la mano.
Capítulo 5
El ojo que no estaba en la montaña
El Refugio de Pino apareció entre los árboles antes de que Cereza terminara de contar las nuevas pistas. Botón reconoció el poste claro y la piedra rayada. La ventana ancha reflejaba un pedazo de cielo. Desde afuera no parecía guardar nada extraordinario.
Andes estaba en el patio. Les mostró una rama curva que cruzaba por delante de la vista de la montaña. Cereza la reconoció enseguida: allí estaba la sonrisa. Desde la ventana parecía unida a la nariz de pino, pero en realidad quedaba mucho más cerca.
Entraron para comparar el dibujo de Pincel. La frente seguía clara; la boca y la nariz empezaban a encajar. Faltaba el ojo. Cereza se colocó donde recordaba haber estado por la mañana. La cara apareció casi completa, pero algo había cambiado.
El ojo oscuro ya no estaba cerrado. Parecía enorme y redondo.
Pincel miró la cortina. Durante el paseo la había recogido de otra manera para que entrara más luz. Un pliegue del borde colgaba ahora en un lugar distinto. Cereza lo señaló, sorprendida.
—¿El ojo estaba aquí dentro?
Botón se acercó al marco de la ventana. Desde su altura podía ver cómo la tela se superponía a la roca del fondo. El gigante tenía piezas lejanas, piezas cercanas y una pequeña parte dentro del propio refugio.
No movieron la cortina enseguida. Primero observaron el cambio. Cumbre dibujó un ojo redondo junto al cerrado, para recordar las dos versiones. Después Pincel devolvió el pliegue a una posición parecida a la de la mañana.
La cara volvió a parecer dormida.
Cereza soltó una risa que hizo temblar la punta de la cortina. El gigante parpadeó. O eso pareció, porque el ojo era una sombra de tela y la montaña no había hecho nada.
Botón todavía no lograba verlo igual. La parte baja del marco le escondía una de las curvas. Pincel acercó un asiento ancho y estable, donde podía sentarse cómodamente para mirar a otra altura. Botón subió con ayuda y se acomodó.
La frente, la nariz, el ojo y la sonrisa se encontraron por fin.
Se quedó en silencio unos segundos.
—Ahí está —dijo después—. Es mucho más pequeño de lo que pensé.
Cereza miró la ventana.
—Y mucho más repartido.
Capítulo 6
Un gigante hecho de distancias
Cumbre propuso comprobar cada pieza por separado. No para quitarle la gracia a la figura, sino para poder mostrarla a otros sin decirles que buscaran a ciegas una cara enorme. Pincel preparó cuatro dibujos pequeños: la montaña, el pino, la rama y el pliegue de la cortina.
Cereza los colocó sobre la mesa, uno junto a otro. Así no parecían un gigante. Parecían cuatro cosas que habían salido de paseo por páginas distintas. Botón las acercó hasta superponer algunos bordes. La cara empezó a formarse otra vez.
—En la ventana pasa algo parecido —dijo.
Andes miró desde la puerta y después desde el asiento. Encontró dos figuras diferentes. Una parecía dormir; la otra parecía estar a punto de reír. No había un único dibujo escondido esperando que todos lo acertaran. Sí había una forma concreta que Cereza podía enseñar desde el sitio donde la había visto.
Quisieron dejar una marca para recordar ese lugar, pero no pintaron el suelo ni clavaron nada. Pincel puso una tarjeta sobre la mesa con un dibujo del asiento y la ventana. Quien quisiera mirar podría usarla y luego volver a dejar el paso libre.
Botón preguntó qué ocurriría cuando creciera una rama o cambiaran la cortina. El gigante quizá perdería una parte. Cereza sintió una pequeña pena al imaginarlo. Acababa de encontrar la figura completa y ya aparecía la posibilidad de que no durara.
Cumbre señaló los cuatro dibujos. Podían guardar cómo se había visto aquel día. También volver a mirar otras veces, sin obligar al paisaje a quedarse inmóvil. La ventana tal vez mostraría otra cara, una barca o algo que todavía no sabían nombrar.
Cereza escribió una frase debajo de su dibujo: «Esto vimos desde aquí esta mañana». No decía que hubiera un gigante real detrás del bosque. Tampoco borraba la alegría de haberlo encontrado.
Botón añadió una flecha hacia el pliegue de la cortina. Le parecía la parte más divertida: habían caminado por la montaña buscando un ojo que esperaba dentro del refugio.
Pincel se rio al leerlo y guardó el dibujo de la mañana junto al nuevo. Uno mostraba la sorpresa; el otro, el camino para comprenderla.
La expedición estaba completa. Solo faltaba invitar a alguien a mirar sin contarle demasiado pronto dónde dormía la nariz.
Capítulo 7
Una visita para el gigante
Cereza invitó a Trigo y Brinco a pasar por el refugio al regresar de su paseo. No anunció que verían la mejor figura de la montaña. Les dijo que había encontrado una cara curiosa y que quería mostrarles desde qué lugar aparecía.
Brinco llegó recordando el estornudo imposible del gigante. Trigo traía en la memoria otra nube que había cambiado de forma sobre el mirador. Ambos miraron primero desde la puerta. Vieron pinos, roca, una ventana y una cortina corriente.
Botón les mostró la tarjeta del asiento. Brinco se acomodó y Cereza le dio una sola pista: buscar la frente en la curva lejana. Él encontró la nariz antes que el ojo y empezó a reírse. Después vio la boca torcida y se quedó mirando, encantado.
Trigo prefirió observar desde un costado. No vio exactamente la misma cara, pero encontró una figura que parecía llevar un sombrero de nube. Cereza estuvo a punto de corregirlo. Se detuvo. Podía mostrar su hallazgo sin quitarle el suyo.
Pincel dibujó una segunda ventana en la hoja y anotó la nueva figura. Cumbre preguntó qué parte estaba cerca y cuál lejos. Trigo reconoció la nube, el pino y el borde de la cortina. La pregunta volvió a abrir el juego de las distancias.
Azabache pasó después y quiso escuchar el supuesto ronquido. Cereza le explicó que el sonido del arco había sido una ocurrencia, no algo que hubieran oído salir de la figura. Azabache hizo su soplido grave de todos modos, esta vez anunciado como juego.
Brinco respondió con un bostezo exagerado. Botón movió apenas la tarjeta delante de su cara, como si fuera una almohada diminuta. El refugio se llenó de una risa tranquila que no necesitaba despertar a ninguna montaña.
Cuando el sol empezó a bajar, la sombra del pliegue cambió. El ojo se hizo más largo y la boca pareció desaparecer detrás de otro tono. Cereza observó la transformación sin apresurarse a devolver todo a su posición anterior.
El gigante de la mañana estaba terminando.
Brinco dijo que todavía recordaba su sonrisa. Trigo guardó el sombrero de nube. Botón miró el asiento vacío y pensó en lo mucho que había cambiado la vista al subir apenas un poco.
Antes de irse, Brinco le lanzó un beso a la ventana. Botón saludó con su tarjeta. Cereza guardó la sonrisa en el dibujo: allí podría encontrarla incluso cuando llegara la noche.
Capítulo 8
La ventana de mañana
Al quedarse solos, Cereza y Botón ordenaron las tarjetas. Cumbre regresó al arco por el camino conocido y Pincel guardó sus dibujos bajo techo. Andes dejó libre la entrada para quienes volvieran más tarde. El refugio recuperó sus sonidos pequeños: una tabla, el viento y alguna rama moviéndose afuera.
Cereza se sentó frente a la ventana sin buscar la cara. Por primera vez en todo el día vio el paisaje completo: el pino cercano, la rama torcida, la curva de la montaña y el cielo que se oscurecía. Le gustaban juntos y también por separado.
Botón colocó el marco de papel sobre la mesa. La expedición no había necesitado ir lejos ni encontrar una puerta secreta. Habían usado un agujero, varias preguntas y un paseo por los rincones que ya conocían. Aun así, sentía que habían vuelto de una aventura enorme.
Cereza abrió el primer dibujo. La cara de la mañana tenía un ojo cerrado y una sonrisa que Pincel había exagerado un poquito. El dibujo nuevo mostraba las piezas separadas. No quiso elegir cuál era mejor. Uno recordaba lo que sintió; el otro ayudaba a contar cómo lo descubrieron.
En una hoja distinta inventó un cuento breve: un gigante de paisaje buscaba su nariz y descubría que un pino la había estado sosteniendo toda la tarde. Botón añadió que, cuando estornudaba, solo se movía la cortina. En la esquina dibujaron una estrella: era su señal para reconocer los cuentos inventados.
Antes de guardar, Cereza escribió una invitación para la próxima visita: «Mira por la ventana y cuéntanos qué forma encuentras». No mencionó la frente ni la sonrisa. Quería escuchar otras miradas antes de enseñar la suya.
Botón revisó el asiento para que quedara bien apoyado junto a la mesa. Después se acercó a la puerta. Desde allí no veía ningún gigante, pero reconocía los tres detalles que lo habían ayudado a regresar.
Cereza apagó la luz de la mesa. Afuera, la montaña seguía en su lugar, mucho más grande que el marco y mucho más antigua que sus dibujos.
—¿Crees que mañana vuelva? —preguntó Botón.
Cereza miró la cortina quieta.
—No sé. Podemos mirar.
Y dejaron la ventana lista para una sorpresa que todavía no tenía forma.
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