Capítulo 1
Una visita que no entraba
La primera vez, Pompón creyó que alguien llamaba con una cucharita.
Toc, toc, toc.
Levantó la nariz de su pan con mermelada. En la Posada de la Niebla olía a manzana tibia y a madera mojada. La llovizna acababa de terminar.
—¡Adelante!
Nadie entró.
Pompón esperó. Quizá la visita tuviera muchísimos pies y todavía estuviera limpiándoselos. Cuando abrió, encontró un charco, dos hojas pegadas al suelo y una noche tan azul que parecía recién pintada.
Ni rastro de una cucharita.
Alba miraba desde la ventana. Los golpes le habían parecido altos, casi junto al techo. Estiró el cuello para ver mejor, pero una gota enorme bajó por el vidrio justo delante de sus ojos.
—¿Se escondió detrás de la lluvia? —preguntó Pompón.
—La lluvia ya se fue —dijo Dátil desde el umbral—. Aunque parece que olvidó recoger sus charcos.
Pompón volvió a la mesa. Giró el pan hasta encontrar la esquina más crujiente.
Toc, toc, toc.
Esta vez los tres se quedaron quietos.
Dátil abrió la puerta. Seguían allí el charco y las hojas.
—Tal vez sea una visita tan pequeña que no alcanza el timbre —aventuró Pompón.
—No tenemos timbre.
—¡Eso explica muchísimas cosas!
Alba sonrió. Afuera, una rama acababa de sacudirse sobre el tejado. Antes de que pudiera señalarla, escuchó un roce suave.
Frrr.
Se acercó tanto al vidrio que dejó una manchita de vaho.
—Hay otro sonido después —dijo—. Como cuando una hoja se acomoda para dormir.
Pompón buscó debajo del banco.
—Pues nuestra visita debe de estar agotada.
Alba dibujó con la punta del ala una ventanita en el vaho. Por allí vio el alero y, junto al borde, una canaleta de madera. Más allá de los árboles asomaba el Campanario de la Luna.
—Ritmo está preparando un juego de sonidos —recordó Dátil.
Pompón tapó su plato con otro plato.
—Vamos a preguntarle. Y si no fue él, tenemos un misterio.
Alba volvió a mirar arriba.
Tres golpes. Un roce. Y una visita que nunca llegaba a la puerta.
Capítulo 2
Un toc que no era tin
Ritmo probaba dos tablitas en el Campanario de la Luna.
Toc, tac… pausa.
Chiqui esperaba el siguiente sonido con las orejas muy atentas. Pompón llegó tan deprisa que su pregunta casi chocó con el último tac.
—¿Has estado llamando a la posada sin entrar?
Ritmo bajó las tablitas.
—Si llamara a una posada con pan de manzana, entraría.
—Es pan con mermelada. La manzana está en otra cosa. Eso también lo estamos investigando.
Alba marcó los golpes con movimientos del ala. Al repetirlos, descubrió que no eran tan iguales: el primero sonaba hondo; el segundo, más seco; el último escapaba rapidito.
Ritmo probó.
Toc… tac, tic.
Alba dio un saltito.
—¡Esos!
Ritmo los repitió. Después añadió un «turrum» por lo bajo.
—Ese no estaba —dijo ella.
—Lo sé. Pero quería salir.
Pompón intentó responder golpeando la tierra. El suelo blando apenas hizo ruido. Miró sus patas, decepcionado.
—Me tocó el suelo callado.
Ritmo probó una piedra, una tabla y una campanita de la ronda. Tic. Toc. Tin. Alba cerró los ojos para compararlos con el recuerdo.
—Nuestro visitante parece de madera —dijo Pompón.
—Espero que no tenga astillas en los pies —murmuró Alba.
Chiqui se acercó.
—¿Los golpes llegan solos o contestan cuando ustedes hacen ruido?
Pompón abrió la boca. La cerró. Había hablado frente a la puerta, buscado bajo un banco y llamado a una visita. ¿Qué había ocurrido primero?
Ritmo dio tres golpes sobre una tabla. Desde una piedra grande regresó una respuesta débil.
—Un toc flaquito —dijo Pompón.
El eco llegaba enseguida. Los golpes de la posada habían dejado tiempo para ir hasta la puerta y volver al pan.
Alba miró hacia los árboles.
—Necesitamos escucharlos otra vez.
Ritmo quiso acompañarlos. Recogió sus dos tablitas y se las acomodó bajo un ala, dejando libre la otra.
Chiqui decidió seguir con la ronda.
—Después me cuentan si la visita tiene pies o alas.
—O cucharita —añadió Pompón.
Cuando salieron, una ráfaga agitó el bosque. A lo lejos llegó algo parecido a un golpe.
Los tres giraron la cabeza.
Capítulo 3
El sendero que señalaba dos sitios
Cada hoja mojada del Sendero de las Sombras Suaves guardaba un trocito de luna. Pompón buscaba huellas aunque todavía no sabía qué forma debían tener. Alba miraba hacia arriba. Ritmo caminaba con las tablitas apretadas contra el costado para que no sonaran.
En una curva encontraron a Musgo y Ronda junto a una piedra. Musgo apartaba una hoja de una marca del suelo. Ronda tenía la nariz levantada hacia el olor de la tierra mojada.
—Buscamos a alguien que llama y desaparece —explicó Pompón—. Lo oímos pasar por aquí.
Musgo señaló un hueco entre los árboles. Se veía un pedacito del tejado de la posada.
—Desde aquí se oye su puerta cuando la cierran.
El sendero había dado una curva. Estaban mucho más cerca de la posada de lo que Pompón creía.
—¡Hemos perseguido a alguien que estaba sentado!
Una ráfaga movió las ramas.
Toc… tac, tic.
Ronda señaló el tejado. Ritmo señaló la piedra grande del otro lado. Se miraron, desconcertados.
—Ahora tenemos dos visitas —susurró Pompón.
Ritmo sacó una tablita y la golpeó. La piedra devolvió un ruido finito. Allí estaba el toc flaquito: el sonido rebotaba y parecía llegar de otro sitio.
Alba observó el pedacito de tejado.
—Las ramas se movieron antes de los golpes. También pasó junto a la ventana.
Ronda alzó la nariz. Otra ráfaga traía olor a hojas húmedas.
—Parece que viene más viento.
Musgo encontró entre las hojas un fruto pequeño, duro y marrón. Lo hizo rodar sobre la tierra. Apenas sonó.
—¿Y si algo cae y va dando saltos?
Pompón se agachó.
—Nuestro visitante podría ser redondo.
Musgo le acercó el fruto. Pompón lo sostuvo contra el pecho, con tanta solemnidad que a Ronda se le escapó una risita por la nariz.
Entonces volvió el ruido.
Toc… tac, tic.
Esta vez escucharon hasta el final.
Frrr.
Alba miró el fruto que llevaba Pompón. Después miró las hojas.
—Quiero probar una cosa.
Musgo y Ronda se quedaron junto a la marca. Los otros tres siguieron hacia el Claro de las Estrellas, llevando su pequeño sospechoso.
Capítulo 4
La mesa de las cosas que suenan
Pausa miraba un hueco entre dos ramas. Una nube había tapado la estrella que esperaba ver.
—¿Qué traen? —preguntó cuando llegaron.
Pompón levantó el fruto marrón.
—Una visita que dice toc, tac, tic y después frrr.
Pausa lo contempló en silencio.
—Es un nombre bastante largo.
A Pompón le dio tanta risa que tuvo que sentarse antes de dejar el fruto sobre un banco bajo.
Alba reunió una hoja seca, un trozo de corteza y una piedrita del suelo. Ritmo puso sus tablitas al lado. Sobre el banco quedaron ordenadas cosas que todavía no sabían si tenían algo que contar.
Primero dejaron caer una gota desde una hoja mojada.
Plip.
—Demasiado blandita —dijo Alba.
Pompón deslizó la piedrita sobre la corteza.
Rrrrac.
—Esa visita viene arrastrando una mesa —opinó Ritmo.
La hoja seca hizo cric, crac. Pompón la miró con respeto.
—Una galleta bastante sospechosa.
Ritmo inclinó la corteza. Alba soltó el fruto por la parte alta. Rodó y golpeó un nudo de la madera.
Toc.
Los cuatro miraron el banco.
Lo probaron otra vez.
Toc.
Pompón bajó la nariz hasta el borde. El fruto tenía una cascarita lisa y una punta diminuta.
—¡Una avellana!
Pausa colocó la hoja seca al final de la corteza. Alba volvió a soltar la avellana.
Toc. Frrr.
Pompón levantó la cabeza. Ritmo dejó las tablitas quietas. Alba miró la hoja, encantada.
—¡Se acomodó para dormir!
Ya tenían el primer golpe y el roce. Faltaban dos sonidos y un modo de subir aquella avellana al techo.
Alba recordó la rama que se sacudía sobre el alero. Entre todos habían mirado debajo del banco, la puerta y el sendero. Les faltaba mirar bien el árbol.
Pausa decidió acompañarlos hasta el comienzo del camino.
—Si mi estrella sale mientras no estoy, le diré que vuelva a hacerlo —dijo.
Pompón devolvió la avellana a las hojas del suelo. Antes de irse le hizo una reverencia.
—Gracias por la entrevista.
Ritmo recogió sus tablitas.
Capítulo 5
El sospechoso del canasto
Dátil los esperaba junto al porche. Había escuchado los golpes dos veces más.
—¿Entró alguna avellana? —preguntó Pompón.
Dátil miró el banco. Debajo había un canasto con las que había recogido esa tarde.
Pompón se quedó tieso.
Habían ido al campanario, perseguido ecos y entrevistado un fruto. ¡Y el misterio podía haber estado merendando debajo de aquel banco!
Se agacharon. El canasto tenía los bordes altos. No había avellanas por el suelo, pero una pata del banco tocaba la pared.
Ritmo apoyó la oreja cerca de la madera.
—Podemos moverlo un poquito.
Dátil llevó el canasto adentro. Ritmo empujó suavemente el banco.
Ñiii.
Pompón arrugó la nariz.
—Ese está aprendiendo a cantar.
Ritmo repitió el ñiii con la voz. Le salió tan parecido que Dátil miró si alguien había vuelto a mover el banco.
Alba se colocó junto a la ventana. Desde allí veía la rama sobre el tejado. El canasto descansaba encima de la mesa y el banco seguía quieto.
El viento llegó al porche.
Toc… tac, tic. Frrr.
Ninguna avellana había escapado del canasto.
Pompón se asomó para mirarlas.
—Disculpen la interrupción.
Dátil soltó una carcajada.
Alba señaló el borde del tejado. Dátil se acercó a ella. Pompón se colocó a su otro lado; Ritmo bajó las tablitas y escuchó.
Esperaron tanto que una gota terminó su viaje por el vidrio. Pompón iba a preguntar si debían llamar al viento, pero vio que la rama empezaba a temblar.
Algo oscuro saltó entre dos hojas y desapareció detrás del alero.
Toc.
Ritmo levantó una oreja.
Tac, tic.
Los golpes parecían bajar. El primero sonó arriba; el último, casi junto al poste del porche.
Después llegó el roce.
Pompón siguió el borde de la canaleta con la mirada. Su extremo quedaba sobre un rincón lleno de hojas secas, resguardado de la lluvia.
Algo acababa de caer allí.
Y, durante un segundo, el montón se movió.
Capítulo 6
Un camino encima de la puerta
Pompón apartó una hoja suelta. Debajo había una avellana. Otra descansaba un poco más allá, junto a una tercera.
Les acercó la nariz.
—Encontramos a las visitas.
Alba miró desde las hojas hasta el borde del tejado. Allí terminaba la canaleta: un canal abierto de madera por el que todavía resbalaba alguna gota. Arriba, una rama del avellano se extendía sobre las tejas.
Dátil los llevó a un costado del porche. Desde allí se distinguía la inclinación del canal y los bordes donde se unían sus piezas.
Alba los contó.
Uno cerca del principio. Otro en la mitad. El tercero, justo antes del extremo.
Ritmo siguió el mismo recorrido con un ala.
Toc… tac, tic.
Pompón se inclinó sobre las hojas secas.
Frrr.
Los cuatro sonidos parecían haber encontrado su sitio. Pero todavía faltaba verlos ocurrir juntos.
Esperaron junto al poste, desde donde podían mirar el costado del tejado. Alba se movió un poco para que Pompón alcanzara a ver. Él alzó la nariz y ella se inclinó un poquito, hasta quedar casi a su altura.
—Desde aquí parece una escalera sin peldaños —susurró.
Ritmo tenía los ojos fijos en el árbol. Las tablitas descansaban sobre el banco: aquella vez le tocaba escuchar.
Una nube pasó delante de la luna. Las ramas seguían inmóviles. Pompón oyó un ruido bajito y miró hacia la canaleta.
El ruido volvió.
No venía del tejado. Venía de su barriga.
—Creo que el pan está llamándome —confesó.
Dátil acercó el plato tapado al banco. Alba sonrió.
—Es una visita bastante paciente.
Pompón destapó apenas el pan. La esquina crujiente seguía allí. Estaba a punto de decidir si bastaría un mordisco pequeño cuando la sombra de la rama se movió sobre la pared.
Ritmo alzó el ala.
Pompón dejó el plato.
Arriba temblaron las hojas del avellano. Algo redondo se soltó entre ellas, dio un saltito sobre las tejas y desapareció por el comienzo del canal.
Capítulo 7
El concierto de una avellana
Toc.
Alba vio a la avellana saltar sobre el primer borde de madera. El ruido sonó hondo, igual que junto a la ventana.
Tac.
Pompón alcanzó a ver una sombra redonda cruzando el hueco entre dos piezas.
Tic.
La avellana pasó la última unión, salió por el extremo y cayó sobre las hojas.
Frrr.
Se quedaron callados un instante. Después Pompón soltó una carcajada tan grande que Dátil empezó a reír antes de mirar el suelo.
—¡No querían entrar! ¡Estaban bajando por un resbalín!
Alba siguió el recorrido con los ojos, desde la rama hasta el colchón de hojas. Allí estaba el sonido que había tratado de guardar en la cabeza durante todo el paseo.
Ritmo volvió al banco y tomó las tablitas. Dio un golpe hondo, uno seco y otro rapidito. Después frotó una hoja.
Toc… tac, tic. Frrr.
Pompón se acercó a mirar la avellana recién llegada.
—Le falta aplaudir.
—A lo mejor quiere repetir —dijo Alba.
Los cuatro levantaron la vista. La rama se había quedado quieta.
Dátil se sentó en el banco. Ahora entendía por qué nunca encontraba a nadie: cuando abría la puerta, el viaje ya había terminado junto al poste.
Ritmo recordó la pregunta de Chiqui.
—Quería saber si la visita tenía pies o alas.
—Tiene cáscara —dijo Pompón—. Y una excelente manera de bajar escaleras.
Alba recogió la avellana del suelo y la dejó junto al árbol, donde no rodaría hacia la entrada. Después se acomodó al lado de Dátil. Le gustaba mirar el mismo porche de antes y encontrarle aquel camino nuevo por encima.
Pompón tomó su plato.
—Propongo que informemos al campanario después de una pausa importantísima.
Mordió la esquina del pan.
Crac.
Ritmo giró la cabeza.
Alba también.
Pompón quedó inmóvil con el mordisco entre los dientes.
—¿Qué?
—Ese sonido —dijo Ritmo— también lo conozco.
Dátil se rio tanto que tuvo que esperar para ofrecerles un poco más de mermelada.
Alba eligió un trozo de pan con un agujerito redondo. Lo alzó delante de un ojo y miró a Pompón por él.
—Ahora sí veo al visitante.
Pompón levantó su plato a modo de sombrero.
—Buenas noches. Traigo mucha hambre.
Capítulo 8
Un misterio para llevar en las orejas
Chiqui seguía en el Campanario de la Luna, probando una secuencia con una pausa larguísima al final. Cuando los vio, terminó su turno y se acercó.
—¿Tenía pies?
Pompón se puso muy solemne.
—Primero hay una adivinanza. ¿Qué llama tres veces sin querer entrar, sin tener pies y sin saber que está llamando?
Chiqui abrió mucho los ojos.
—¿Una lluvia muy educada?
A Pompón le dio pena decir que no. Era una visita estupenda para imaginarla junto a la puerta.
—No era —contestó—. Pero si viene, quiero conocerla.
Alba colocó sobre el suelo una avellana que habían recogido junto al árbol. Ritmo acomodó sus tablitas y una corteza formando un camino pequeño, con tres bordes. Al final dejaron una hoja seca.
Alba soltó el fruto.
Toc. Tac. Tic. Frrr.
Chiqui bajó la nariz casi hasta el suelo.
—¡El ruido tenía camino!
Pausa apareció por el borde de la ronda. Al ver la avellana, miró a Pompón.
—¿Ayudó la entrevista?
Él hizo una reverencia tan profunda que casi tocó la hoja con el hocico.
—Muchísimo. ¿Y tu estrella?
—Salió un ratito. La alcancé a ver antes de venir.
Contaron la aventura. Chiqui se rio con el canasto y Pausa quiso escuchar el ñiii del banco. Ritmo lo hizo dos veces. La segunda le salió tan largo que él mismo acabó riéndose.
Después escondieron objetos detrás de una tablita para jugar a reconocer ruidos. Alba preparó el suyo con una hoja: frrr. Pompón dijo que era una avellana buscando cama.
Cuando llegó su turno, sonó un crujido.
Pausa pensó en corteza. Chiqui, en una hoja seca.
Alba vio las migas junto al hocico de Pompón.
—Creo que esa pista se puede comer.
Más tarde, Alba y Pompón regresaron juntos hacia el Claro de las Estrellas. Los charcos guardaban pedacitos de cielo.
De pronto crujió una rama.
Los dos se detuvieron.
Se miraron.
Y siguieron caminando mucho más despacio.
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