Un cuento para leer juntos

Siesta y un lugar para dos

Siesta encontró una sombra estupenda. Solo le falta Tumba… y un poquito más de sombra. Entre bigotes de junco, patas que parecen bailar y una nube que se escapa, los dos amigos salen a buscar un lugar para quedarse juntos.

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Siesta había encontrado una sombra preciosa junto a Laguna Escondida.

Tenía pasto suave, vista al agua y un huequito por donde llegaba el viento.

Se sentó. Acomodó una pata. Acomodó la otra.

Luego miró el espacio vacío a su lado.

—Le falta Tumba.

Tumba apareció detrás de los juncos, mirando algo que le hacía cosquillas en la frente.

Era otro junco.

—¿Esto creció mientras pasaba? —preguntó.

Siesta levantó la mirada hacia él.

—Siéntate antes de que crezca el siguiente.

Tumba se sentó junto a Siesta. Sus patas quedaron al sol.

Las recogió un poco. Ahora asomaba una oreja.

—Nos falta sombra —dijo.

—Nos sobra oreja —dijo Siesta.

Tumba intentó mirar la suya. Giró la cabeza. La sombra también cambió de sitio sobre su cara.

Siesta se rio con un sonido tan pequeño que Tumba casi lo confundió con el agua.

—Tengo una idea —dijo el hipopótamo—. Bueno, tres. Si nos ponemos de lado… O un poquito más atrás… ¿Y si…?

Siesta probó a ponerse de lado.

Tumba fue un poquito más atrás.

La sombra de un junco les dibujó una raya en el hocico.

Se quedaron mirándose.

El viento sopló.

Las dos rayas se fueron.

Volvieron.

Se fueron otra vez.

Tumba siguió la raya de Siesta con los ojos, muy concentrado.

—¿Qué? —preguntó Siesta.

—Estaba esperando que te volviera el bigote.

Siesta puso el hocico bien derecho.

El junco se movió apenas.

—Avísame cuando esté elegante.

Desde un poco más allá, la sombra parecía más ancha.

Fueron a probarla.

Siesta cabía muy bien. Tumba cabía casi.

—A lo mejor, si me giro…

Tumba se giró.

—O si pongo esta pata aquí…

Puso la pata allí.

Siesta lo observó un rato.

—¿Estás buscando una sombra o aprendiendo un baile?

Tumba miró sus patas, sorprendido.

—No sé. ¿Cómo voy?

Siesta movió una de las suyas.

—Creo que ahora vamos juntos.

Entonces el pasto entero se puso oscuro.

Siesta miró arriba. Una nube cruzaba el sol.

—¡Esta! —dijo—. Esta sí es para dos.

Se sentaron con tanto gusto que ninguno habló enseguida.

El agua hacía pequeños ruidos entre los juncos.

Siesta cerró los ojos un momento.

Algo tibio le llegó a la nariz.

Abrió un ojo. Su nariz ya estaba al sol. Tumba se había levantado y seguía la mancha oscura, un paso más allá.

—¡Siesta! ¡Se nos escapa la parada!

Siesta se levantó.

—Pues vaya parada.

Caminaron por la orilla siguiendo la mancha fresca.

Al principio todavía cabían debajo.

Después la sombra se adelantó. El sol les alcanzó las patas y, poco a poco, todo el cuerpo.

La mancha siguió sobre el agua.

Los dos se quedaron en el pasto.

Tumba miró la nube. Miró el agua. Miró sus patas.

—¿Y ahora?

Siesta se sentó justo donde estaba.

—Ahora la vemos irse.

La mancha cruzó la laguna despacio. Cuando llegó a los juncos de enfrente, Tumba levantó un poco el brazo.

Siesta también.

Le dijeron adiós a su parada.

Tumba se quedó mirando la otra orilla.

—Podríamos buscar otra. Aquí hay una delgada. Allá había una más larga. O esperar otra nube. O volver a la primera y…

Siesta soltó un suspiro.

Tumba dejó de hablar.

—¿Qué pasa?

Siesta miró las sombras pequeñas que temblaban sobre el pasto.

—Quería encontrar una estupenda para quedarnos mucho rato.

Levantó las patas, una después de otra.

—Y mis patas ya se creen que salimos a perseguir cosas.

Tumba miró las suyas.

—Las mías también.

La primera sombra seguía junto a los juncos.

Volvieron sin perseguirla.

Siesta se sentó en el pasto suave y dejó que sus patas encontraran sitio solas.

Tumba miró un hueco. Después miró otro.

Siesta dio unos golpecitos a su lado.

—Este ya lo conozco.

Tumba se sentó allí.

Un pedacito de sol le quedó en una pata.

La observó.

La acercó un poco al pasto fresco.

Se quedó quieto.

Siesta escuchó el agua. Tumba escuchó a Siesta escuchar.

Al rato, Tumba miró hacia abajo.

—¿Por qué el agua hace «plip» y no «plop»?

Siesta lo pensó.

—A lo mejor todavía no ha terminado.

Esperaron.

El agua hizo «plip».

Tumba ladeó la cabeza.

Siesta también.

Otro «plip».

Tumba tomó aire, muy despacio.

—Plop.

Siesta lo miró.

Tumba puso cara de estar mirando otra cosa.

Siesta aguantó un poquito. Solo un poquito.

Después se rio. Tumba se rio también y estiró la pata otra vez hacia el sol.

El viento les trajo otra vez la sombra del junco.

Pasó por la frente de Siesta.

Bajó hasta su hocico.

Se detuvo.

Tumba lo miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Ya? —preguntó Siesta.

—Elegantísimo.

Siesta alzó un poco la cabeza, como si llevara el bigote más importante de toda la laguna.

Una brisa se lo llevó.

Siesta miró hacia los juncos.

—¡Eh! Todavía estaba usándolo.

Tumba se rio. Siesta también.

Les quedaron los hocicos sin bigote y una risa que tardó en terminar.

Después hablaron de cosas que no perseguían a nadie.

De una nube que parecía doblada.

De cómo sonaba el viento si los dos cerraban los ojos.

De si aquel «plip» había sido más grande que el anterior.

Siesta cerró los ojos para escuchar mejor.

Los abrió enseguida para mirar la nube que Tumba acababa de señalar.

Con el paso de la tarde, las sombras de los juncos se alargaron sobre el pasto.

La pata de Tumba quedó fresca.

Ninguno la estaba mirando ya.

Tumba estiró una pata y luego la otra.

—Qué buena parada —dijo.

Siesta miró el pasto suave, la laguna y el huequito por donde llegaba el viento.

Luego miró a Tumba.

Un junco le pintaba un bigote en el hocico.

—Espera —susurró.

Tumba se quedó inmóvil.

Siesta se acomodó a su lado, justo donde la sombra alcanzaba para otro bigote.

—Ya está —dijo.

El viento paró un instante.

Tumba y Siesta miraron sus reflejos en el agua.

Dos amigos.

Elegantísimos.

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